Articulo

Seleccionar y valorar

Por Carlos Bernatek

En una reciente conferencia, la directora de una importante biblioteca latinoamericana expuso una serie de criterios que me parecieron dignos de consideración, no sólo por la materia específica a la que se refería, sino por la posibilidad de hacerlos extensivos a otros campos. El tema en cuestión era la evaluación por la cual un libro (o una revista) debía incorporarse a una base de datos digitales, concepto que regiría también a la hora de considerar su inclusión en el patrimonio de una biblioteca o hemeroteca. Los criterios fueron los siguientes: la antigüedad, la demanda y el deterioro. Esas son las prioridades: para que un libro se incluya por viejo, por solicitado o por  roto, términos que tampoco resultan excluyentes entre sí; hasta pueden confluir los tres.
Por viejo, puede entenderse con facilidad la razón planteada: se espera que una biblioteca (o base de datos, o archivo) posea en su acervo los materiales más antiguos que disponga o consiga adquirir; aquellos textos que dan cuenta de la memoria histórica –siempre escrituraria–  más remota, independientemente de su valía bibliotecológica, que casi siempre está implícita en su edad.
El término “demandado” nos introduce en otro tipo de disquisición. Es evidente que no siempre lo “más pedido” implica valía (literaria, cultural, etc. etc.), si atendemos a cierta estadística que afirma que el Libro de Recetas de doña Petrona C. de Gandulfo es el libro más vendido de la historia argentina. Sin dudas se trata de un libro digno de consideración por su profundo influjo social, un auténtico ícono generacional, pero con seguridad no será registrado en la historia de occidente por su virtud literaria. Demandado puede resultar un término engañoso y ambiguo para cualquier catalogación, tanto por lo que uno imagina que el concepto puede llegar a incluir, como por la profunda exclusión que puede hacer extensiva, como una sombra siniestra y censora sobre lo “no demandado”.
Los libros rotos, deteriorados o semidestruídos merecen una consideración aparte. Quizá hayan llegado a ese estado por vejez o por un exceso de demanda. Quizá sean sobrevivientes de fenómenos climatológicos, manos desaprensivas o individuos irritables que han descargado, por desconocidos motivos, su ira con el papel. Quizá un empleo normal o sobreexigido o una mala calidad de edición los ha llevado a ese estado. La lógica indica que el libro de acceso público se deteriora más rápidamente. Pero  tampoco en este caso se considera su valía.
Pero una pregunta liminar de la conferencista aludía al nudo gordiano del asunto: ¿quién ejercerá esa potestad? ¿Quién va a determinar el valor ínsito de un libro? Inmersos en ese espacio de la arbitrariedad que supone una mentada “sociedad del conocimiento”, la atribución se le otorga a los especialistas: bibliotecarios y bibliotecólogos. Supuestamente estos especialistas, los libreros antiguos, los bibliófilos y algunos expertos editores, son los que  saben del “valor de uso” y del “valor de cambio” del texto.
Probablemente de un modo similar se moldee aquello que reviste el título nobiliario de canon. Pero canon no es una palabra monolítica: proveniente del latín, y antes del griego, en su primera acepción para el diccionario de la RAE es: “regla, precepto”; luego: “catálogo, lista”; luego: “regla de las proporciones de la figura humana, conforme al tipo ideal aceptado por los escultores egipcios y griegos”; luego: “modelo de características perfectas; luego: “prestación pecuniaria periódica que grava una concesión gubernativa o un disfrute en el dominio público, regulado en minería según el número de pertenencias o de hectáreas, sean o no explotadas”. Salteo algunas hasta: “Catálogo de los libros tenidos por la Iglesia Católica u otra confesión religiosa como auténticamente sagrados”, y aquí ya creo que nos empezamos a meter en el berenjenal. Sigo: “Parte de la misa, que empieza Te ígitur y acaba con el paternóster”; y también: “Libro que usan los obispos en la misa, desde el principio del canon hasta terminar las abluciones”. Bonito y obsceno término: abluciones.
Otras importantes definiciones al efecto: “composición de contrapunto en que sucesivamente van entrando las voces, repitiendo o imitando cada una el canto de la que le antecede”; y también: “conjunto de normas o reglas establecidas por la costumbre como propias de cualquier actividad”. Me detengo aquí. Un peculiar huso –que no uso– interpretativo me condujo desde la lista a secas, hasta la estructura normativa, sin considerar ingenuo el paso por la misa, el gravamen o gabela, el modelo perfecto y esa peculiar composición musical cuyas voces imitan a las que anteceden.
Desde la nómina de libros “prestigiosos” hasta libro sacro, cuya verdad no se cuestiona dado que proviene de la fe, parecieran reproducirse ciertos –ahora sí– usos. Lo cierto es que el canon siempre produce un anticanon, como Cristo al Anticristo; anticanon que el tiempo convertirá en canon como una validación de las sectas satánicas, y así sucesivamente. En cualquier caso esta realidad nos deposita en la feliz imposibilidad de conformar un espectro definitivo y acabado, o al menos nos brinda la posibilidad de conformar una nómina tan elástica cuanto la estética o nuestras limitaciones toleren. “Seleccionar y valorar”, decía Henry Miller que era lo único que podíamos hacer.

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