Guerra al sentido común
En el comienzo de Rizoma, de Deleuze y Guattari, se lee: “No llegar al extremo en que ya no se dice yo, sino al extremo en el que decir yo no tiene ya importancia alguna”. Esta frase ha sido citada varias veces, y muchas veces se la ha puesto en relación con otras semejantes de Foucault, Barthes, o incluso Blanchot: “El escritor pertenece a un lenguaje que nadie habla, que no se dirige a nadie, que no tiene centro, que no revela nada. Si escribir es entregarse a lo interminable, el escritor que acepta defender su esencia pierde el poder de decir ‘Yo’”.
Son frases pronunciadas hace cuarenta años, pero de una actualidad aterradora. Su poder de seducción se mantiene intacto. Ese era el momento de la demolición del sujeto, y su encarnación liberal: la figura del autor. Son frases intransigentes, destructivas, verdaderas máquinas de guerra contra el sentido común. Cuatro décadas después, asistimos al espectáculo inverso. El regreso del autor rey (de copas), la figura del escritor comodín (apto para todo cóctel), la complacencia con el tiempo presente, la entrega dócil a la doxa cotidiana (como sucede con buena parte de la literatura argentina reciente, que retoma el lenguaje oral, cierto tono decontracté, un aire de frescura, de espontaneidad, bajo la supuesta herencia de Puig, pero que si se la lee con detenimiento, rápidamente advertimos que su verdadera influencia no es Puig sino Marcelo Tinelli). La idea de que la literatura mantiene alguna relación con la radicalidad, la percepción de que la escritura expresa una sensación de profundo malestar frente al presente, parece pertenecer a un pasado remoto.
Volviendo al comienzo, ¿es posible hacerle decir algo nuevo a la frase de Deleuze y Guattari? Asfixiada en el museo del formulario académico, repetida hasta el hartazgo en el catecismo del joven anarquista, todo ocurre como si el regreso victorioso del “Yo” fuera un hecho consumado, la victoria definitiva del humanismo de mercado.
Michel Lafon y Benoit Peeters acaban de publicar un extraordinario libro que dice lo contrario: Nous est un autre, recientemente editado en Francia (es decir: “Nosotros es otro”, jugando con la célebre frase de Rimbaud, “Yo es otro”). De Lafon ya conocíamos su gran libro sobre Borges (Borges ou la réécriture, de 1990), donde ya era cuestión de mostrar el aspecto inacabable de todo texto, pero ahora el trabajo de su crítica se centra sobre la idea del autor. Precisamente la frase de Rimbaud funda la crítica moderna al “Yo”, y su potencia reside en la conjugación del verbo ser: no “Yo soy otro”, sino “Yo es otro”, colocando ese “es” en el centro de una invitación al desdoblamiento, el descentramiento, y la multiplicidad. Pues bien, el libro de Lafon y Peeters retoma esa tradición pero desde un punto de vista inédito: la escritura en colaboración. De los propios Deleuze y Guattari, pasando por Marx y Engels, Breton y Soupault, Borges y Bioy Casares, hasta llegar a los hermanos Goncourt; el libro analiza los distintos modos de colaboración literaria, la escritura en dúo; un texto, dos plumas.
La frase que cité antes de Deleuze y Guattari está trunca. Si la hubiera transcripto completa, leeríamos: “Ya no somos nosotros mismos. Cada quien conocerá a los suyos. Hemos sido ayudados, absorbidos, multiplicados”. Y esa frase guía el desarrollo de todo el libro de Lafon y Peeters. La escritura en colaboración es la forma más intensa de desdoblamiento, de torsión de la personalidad, de estallido del sujeto: “un extraño tabú que atraviesa la historia de la literatura”, como señalan los autores en la primera línea del libro.
En el capítulo dedicado a los hermanos Goncourt, Lafon y Peeters pronuncian una sentencia enigmática: “Los hermanos y hermanas que escriben en colaboración muchas veces son huérfanos”. Quizás en esa orfandad se cifre el secreto de algo aún más profundo que la escritura en colaboración, el secreto de la relación entre una obra y su época, entre un texto y su entorno, entre un autor y su doble, ese espejo deforme llamado: literatura.
Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil el 10 de diciembre de 2006.



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