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Devoto

Por Marcelo Izquierdo

[Este cuento de Marcelo Izquierdo obtuvo el primer premio del concurso SCALAE

Buenos Aires tiene un laberinto que lleva indefectiblemente a la cárcel de Devoto. Nadie sabe como se llega allí, ni siquiera sus vecinos más avezados. Pero si se pierde la concentración por un segundo, un fatídico segundo, el automóvil que viaja por Villa Devoto llegará por sí solo hasta los bordes de la prisión.
Es un laberinto extraño, nada clásico, sin muros. Nadie sabe exactamente donde empieza, pero sí donde termina. Son varias calles paralelas, que corren en una misma dirección y obligan a doblar en determinadas esquinas para no entrar en contramano. Lo último que se divisa con claridad es la calle Marcos Paz. Alguien habla, casi susurra. Y de pronto sucede. Algunos dicen que se dobla a la derecha. Otros, prefieren el silencio. Después, lo inexplicable. El laberinto termina su trampa en los muros de la prisión.
Todos los vecinos de la zona conocen la cárcel. Villa Devoto suele ser un barrio frío, de gente callada. Pero el bullicio de la prisión se hace espeso en los alrededores.
Los muros parecen los primeros peldaños de una escalera. Sus paredes descascaradas sirven de refugio a personas que comparten a los gritos sus desgracias con familiares y amigos incapaces de saltar esa enorme escalera de cemento que lleva a la libertad. Los vecinos callan y sólo sonríen cuando un automóvil cae en su trampa.
Las garitas sobresalen como faros fuera de uso. Por los pasillos superiores se ve el paseo recto de uniformados ajenos a una arquitectura arcaica que se niega a morir. La cárcel se resiste en su propio laberinto.
En los días de visita el bullicio crece y los peldaños parecen encogerse como una madera mojada. El hormigueo en los pies de los presos se siente a varias cuadras de distancia.
Los sábados, allí, vienen cada dos semanas. Justo frente a la cárcel está la cancha de General Lamadrid, un simpático equipo de fútbol de barrio que navega en la primera C. “Los carceleros”, le dicen. Los presos pueden ser sus más fieles hinchas, de esos que no faltan nunca porque no tienen nada mejor que hacer. Pero también pueden ser sus peores enemigos. La cancha es humilde, chata. Apenas una calle estrecha la separa de la cárcel. Caminar por ahí da escalofríos. Son dos muros de cemento de lado a lado. Apenas el humo de los chorizos se cuela por las rendijas.
En el 83, cuando el club ascendió desde la D, los presos colocaron en las ventanas de las celdas enormes toallones azules (el principal color de la camiseta, cruzada por una banda blanca diagonal), tiraron papelitos y saludaron la vuelta olímpica. Desde la tribuna local se veía cómo asomaban las manos rojas y los rostros oscuros. “Para los presos, libertad”, clamaban agradecidos los hinchas “carceleros”. “Estoy preso de este amor”, decía una bandera..
El amor era mutuo. Los muros se juntaban en la calle, los muros del club y de la cárcel. En línea recta, no más de 70 metros separaban a las dos hinchadas. Los sábados se dan cada quince días en la prisión, cuando el “carcelero” juega de local. Hay un día faltante en el calendario de la cárcel. Cuando “Lama” juega de visitante. Por eso las condenas parecen más largas…
Pero en los últimos años, dicen los vecinos, la amistad se rompió. “Presos”, les gritan los mismos presos a los jugadores desde sus ventanas. La escalera de cemento parece ahora más grande.
¿Será porque el nuevo Shopping Devoto está cerca? A sólo cuatro cuadras. El barrio no tiene suerte con la arquitectura. Parece una caja de bombones, cuadrada y sin vida. Los bombones se derriten en sus cines y comercios, a toda hora. A veces un grito de gol retumba en el estacionamiento al aire libre.
- Gol de Lamadrid, dice en voz baja un “lavacoches”. El auto está sucio. ¿Cuánto tiempo habrá estado en el laberinto?
-Un golazo, una joshiita, dice un preso desde la ventana. Una pared perfecta.
Tal vez esa pared sea el comienzo de otra arquitectura.
Los presos suelen soñar con el shopping. Con la cancha del “carcelé”. Ir a la tribuna de “abajo”, la otra, la que está pegada al alambrado. Pero al salir no se animan a volver a pisar Devoto. Tienen miedo. La cárcel está viva. Sus muros sudan. Ellos saben que son la carnada de su laberinto.

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