Articulo

Ave Virgilio

Por Oliverio Coelho

“Tu no sabes quién eres”, escucha Virgilio, mientras agoniza y confunde presente y pasado, en la obra maestra de Hermann Broch. A su manera, Ramiro Quintana confecciona un Virgilio solitario, que naufraga también en la angustia de la memoria, pero en un hotel de pueblo. Nada lo rodea, salvo el recuerdo fastuoso de una mujer, Irupé, a la que tarde o temprano deberá volver. Irupé es la medida de su anonimato, y a espaldas de ella el protagonista arriba a una zona desértica, a esa zona de actos ínfimos, pasividad y éxtasis solitario, en que la soledad tironea y compone a otro hombre. Ahí, como en las novelas de Becerra o Chejfec, las pasiones se suspenden en un cuerpo extrañado y contemplativo. De alguna manera el extrañamiento proviene, más que de ser otro, de dejar de ser sí mismo y no saberlo. Ese es el intervalo, la experiencia humana por excelencia, y en un cuarto de hotel que se puebla de actos mínimos o rituales –un corte en la lengua, por ejemplo– Virgilio hace tiempo, aunque no espera realmente nada, salvo enterarse del resultado de su equipo, Argentinos Juniors.
La prosa de Quintana cubre el arco asmático y goloso de Lezama Lima; está elaborada a la medida de un héroe abstracto y anónimo, sobre monolitos semánticos y sobre una serie de percepciones que parecen satinar lo inmediato. Así, la proliferación de datos menores confirma la naturaleza prehistórica de un cuarto de hotel en un pueblo perdido, la naturaleza muerta que le hace sombra a cualquier hombre en su propia encrucijada y, sobre todo, la inutilidad y la autosuficiencia de cualquier universo literario genuino. Mientras los bucles de la prosa forman por lo bajo el dibujo nítido y definitivo del estilo, Virgilio coquetea con una muñeca o fantasea con un viaje a Taiwán. En definitiva se rinde al murmullo brochiano, “tu  no sabes quién eres”, que el escritor le sopla decidido al oído.

Este artículo sobre El intervalo, de Ramiro Quintana (Tantalia) apareció en Los Inrockuptibles de diciembre de 2006.

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