Unos pocos hacen multitud
Por Omar Genovese
La historia indígena americana es rica en traiciones. O, también, medida de la infamia humana a la hora de obtener resultados. El invasor, o apropiador de tierras y riquezas, ha utilizado todo tipo de medidas y contramedidas para sustentar el enriquecimiento de su círculo. Algunos en nombre de reyes, otros en nombre de jóvenes estados inestables, pero todos con una profunda fe en el poder de fuego de una guerra justa contra minorías desprotegidas. El interés de la patria por encima de todo derecho, práctica que al día de la fecha sigue tan vigente, como la violación de las mujeres por parte de los soldados en territorios ocupados. No alcanza destruir el vínculo logístico de los rebeldes, hay que desplazarlos, humillarlos, ahogarlos en la ceguera del odio. Cuanto mayor la presión, más torpe la urgencia, lo que los hará débiles, enfermos, lentos, presa fácil.
Una de las características básicas de los pueblos indígenas de norteamérica era su esencia: nómades. Para ellos el territorio surgía de la distancia incursiva, de cierto caos basado en pactos y negociaciones para obtener el alimento de la naturaleza. La tribu no significaba estado, ni organización cerrada, autónoma. Tampoco se la podía señalar más allá de ciertos ritos, convicciones grupales que las diferenciaba unas de otras. Así, la realidad resultaba confusa y difusa, con fantásticos guerreros librados al azar del viento y las circunstancias del miedo blanco. Cuando se habla de pueblos (originarios), nos encontramos con una denominación errada: al ser inubicuos –comanches, apaches, y tantos otros- carecían de un sitio donde generar la polis recurrente de la explicación social. Organizados en el matriarcado, los lazos de sangre tejían la comunidad en acción, tanto para la supervivencia como para la lucha. Por eso el nombre de cada guerrero era más que su destino, y los chamanes los guías espirituales de otros significados, esos que la naturaleza sugiere con su violencia impredecible. La fuerza surgía de los lazos del núcleo tribal, de la pertenencia, del rito conjunto. No existía la inducción militarista, ni el profesional asesino entre ellos. Los apaches, por ejemplo, pasaron de cazar animales a cazar a esa otra especie predadora de tierras, todo para buscar una paz, un futuro, que nunca pensaron como bélico.
Las cifras son inexactas, como toda estadística, y se especula que existen aún 6.000 apaches en cautiverio en una reserva de Estados Unidos. Son los menos, aún inadaptados a la perversión del hombre blanco, combativos. En 1998, la rebelión contra el ente regulador de sus existencias originó la recurrente intervención del FBI y otros lacayos del orden (imaginen quién contó muertos en esa circunstancia). Los apaches no combatieron en la Segunda Guerra Mundial, tal vez por ello los navajos hoy suman más de 145.000 adaptados a la vida comercial, con prósperas esperanzas de sobrevida, lo que sugiere cierto trato como especie protegida por parte del estado yanqui. Si se quiere hablar de tragedia se estará despreciando la tradición oral que los aglutina, y si optamos por la comprensiva mirada ecologista caeremos en la compasión recalcitrante. No se trata de una etnia en riesgo de extinción, sino de una nación de desplazados sin diáspora, cercados, confinados a la falta de libertad de desplazamientos. Existe cierta noción de honor entre ellos, muy distinta a la del caballero medieval o la del espadachín romántico, algo que –lejos del estrecho entendimiento blanco- los acerca al fin irremediable en paz con sus ancestros, en guerra con sus asesinos, íntegros aunque destrozados.

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