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Apuntes: un domingo muy, muy largo

Por Rafael Osío Cabrices
 
Armado con una barra de granola, un celular, un audífono para escuchar la radio por medio del celular, el manual y la credencial que me entregó el CNE y mi Moleskine Pocket Diary, me fui al centro de votación donde había sido asignado como miembro de mesa en reserva en la fresca madrugada del 3 de diciembre de 2006. Los soldaditos –flacos, orejones, casi de la estatura del FAL, como siempre son los soldaditos aquí– me dejaron pasar sin revisarme. En nuestra mesa volvieron a faltar, como en la instalación, todos los principales, así que se constituyó con suplentes. Todo se hizo como en el manual, no hubo ningún problema, y poco después de las seis de la mañana, en un aula de la Unidad Educativa Nacional Libertador, en Chacao (noreste de Caracas), empezamos a recibir electores, que llevaban, algunos, horas haciendo cola. Yo mismo voté mientras amanecía: sin ningún problema, sin que la máquina o el sistema me presentaran alguna dificultad, busqué en el tarjetón electrónico la casilla de Rosales con Primero Justicia, marqué, lo vi en la pantalla de la máquina de Smartmatic, salió mi comprobante y lo metí en la caja. Todo perfecto.
Durante las primeras horas todo fue estupendo. El proceso marchaba con tanta fluidez que los electores llegaban contentos y relajados; mis previsiones sobre lo que me iba a costar calmar a la gente resultaron, una vez más, falsas: cuando lo comparaban con el revocatorio de 2004, este proceso les parecía a casi todos muy bien organizado. Yo me dediqué a recibir electores y a ayudarlos a resolver sus dudas sobre cómo votar, a darle consejos. Lo hice con una sonrisa, con una amabilidad verdaderamente inusual en mí. Lo hice con gente que sabía que iba a votar por Chávez, gente a la que se le veía la mirada huidiza y desconfiada hacia mí, la arrechera social que caracteriza al chavismo. Lo hice con orgullo de estar participando en lo que –por la cantidad de gente involucrada en las mesas, en las colas de votación, en los equipos de campaña y de apoyo, en los medios– me parecía que era uno de los mayores eventos colectivos de nuestra historia reciente, y finalmente lo hice conmovido por el espectáculo de cientos de ancianos en sillas de ruedas, de gente con serias dificultades para ver o para caminar, haciendo el esfuerzo de ir a votar porque su país le importaba.
En la mañana, una testigo del chavismo con una camisa de los Leones se metió a nuestro salón a revisar la asistencia de los miembros de mesa; llamamos al coordinador del CNE y la sacó de ahí. Al mediodía, un elector me dijo que había un tipo paseándose con gorra chavista, haciendo proselitismo con su ropa, violando la ley; lo denuncié ante una miembro de la junta electoral que era del comando de Rosales. Luego, hice exactamente lo mismo cuando vi a un joven delgado, alto, rapado, con ojos rojos, que se estiraba una franelilla del Ipasme en la que decía “FUERA CHAVEZ”, y que andaba por todas partes diciéndole, casi gritándole a la gente en las colas “no te equivoques, vota por Rosales, Rosales, Rosales, para que en este país haya libertad”. Le dije a la enviada de Rosales que a todos nos convenía que hubiera paz; ella me dijo que lo iba a denunciar también porque lo más probable es que fuera un infiltrado del chavismo que quería justamente provocar un problema. Nunca vi a los militares (soldados y reservistas que en nuestro centro se portaron, la verdad, muy bien) decirle nada a ese muchacho, que se fue diciendo “no importa, ¡que me metan preso!”.
A eso del mediodía, trajeron a nuestra fila a un anciano desdentado, sucio, descuidado, con una camisa azul de campesino que llevaba largos años usando, de cuyo bolsillo sobresalía el borde de una gastada libreta de ahorros de Banesco. Hablaba con una sonrisa torcida y hueca, como en el famoso cuadrito del bebedor de ajenjo. Se sentó en una silla como pudo haberse sentado un paraguas roto, una vieja alfombra enrollada. Su cédula no aparecía en ningún listado del centro ni en los archivos de las captahuellas; llegó a nosotros porque los dos últimos números de su cédula correspondían a los que nuestra mesa atendía. Mientras la persona que lo trajo se fue con su cédula a revisar en otra parte, el viejo hablaba y hablaba. Primero me preguntó por quién debía votar. “¿Cuál es el bueno?”, me dijo. Le contesté que le preguntara a los electores, que yo era miembro de mesa y no podía influir en su voto. Una señora le preguntó de dónde venía: el anciano contó que en días pasados se montó en un bus que iba a la marcha de Chávez en Caracas y luego se quedó, solo y hambriento, en la gran ciudad. En efecto, poco después lo encontraron en el sistema: le correspondía votar en La Concordia, estado Táchira. El viejo me preguntó que qué le íbamos a dar si votaba, porque tenía dos días que no comía. Le di un billete y le pedí que se fuera a comer algo. Se fue renqueando, con una risita farfullante, diciendo algo sobre Bolívar y Morillo.
En la tarde, llegaron más electores. Yo explicaba una y otra vez cómo votar, y la presidenta de la mesa lo hacía de nuevo, pero muchos se confundían y empezó a haber problemas con los votos, que comenzaron a salir nulos porque la gente le daba al botón Votar antes de escoger efectivamente un candidato. Los chavistas quisieron aprovecharse. En la mesa 1, un tipo armó un escándalo porque su voto salió nulo; cuando le ofrecieron abrir un acta sobre eso y dejar constancia, y de paso llamaron a los militares, dijo que no importaba, que lo que quería era irse, pero los chavistas, aunque el hombre de hecho se fue y aunque no podían hacer nada si el elector rechazaba la opción del acta, exclamaron que les estaban robando votos y lograron paralizar, aunque en vano, la mesa por media hora. En nuestra mesa lo intentaron también, pero ya estábamos prevenidos: de nuevo una electora hizo las cosas mal, salió nulo, pero no quiso levantar un acta. El testigo del chavismo en nuestra mesa, un hombre sonriente que jamás tuvo un gesto hostil hacia nosotros, no hizo nada por boicotear nuestro proceso, aunque el par de harpías que lo mandaban y que despreciaban a nuestra jovencísima presidenta de mesa lo presionaron para que lo hiciera.
El cierre fue más complicado. A última hora llegaba alguna gente a votar y no se sabía si el CNE prorrogaría o no. Chavistas y antichavistas difundían toda suerte de rumores y de presuntos exit polls. A mí me llegaron dos grupos de rumores: los que daban a Rosales ganador con una mínima diferencia, y los que daban ganador a Chávez, cómodo. Por la radio escuché protestas, denuncias, confusos episodios de tensión; fue lenta nuestra fase de escrutinio y transmisión, y era un centro modelo. En nuestra mesa, Rosales ganó con 253 votos frente a 110 para Chávez. De 544 electores que debían votar, asistieron 368: tres votaron nulo.
Pasaron las horas. Yo estaba agotado. En el colegio Libertador, los bandos se ponían más y más beligerantes. Unos y otros se sentían ganadores. Por la avenida Francisco de Miranda, enjambres de motorizados chavistas llevaban horas haciendo ruido. Finalmente hicieron el sorteo de las mesas a auditar; la nuestra no fue escogida, y fuimos liberados. Llovía por una ciudad cerrada en la que sólo los chavistas correteaban, metiendo toda la bulla de la que eran capaces.
Telesur había dado una cifra; Willian Lara, ministro de Información, se negó a pronunciarse sobre esa violación al compromiso de que nadie hablara antes que el CNE. Todos esperámos el pronunciamiento de Tibisay Lucena, mientras se acumulaban los presagios. Los malos presagios.
Cuando por fin Lucena dio el primer reporte, a las 10:05 pm en cadena nacional, con 78,31 % de las actas escrutadas, y dijo que Chávez ganaba con 61,35%, casi seis millones de votos, mi primera reacción fue de ira: nos jodieron. Yo, que nunca me creí del todo la hipótesis del fraude en el revocatorio, que siempre reconocí que entonces simplemente habíamos perdido, sentí entonces que esos números eran falsos. Lo que esperaba era una victoria de Chávez, pero apretadísima, una victoria pírrica que le hiciera la vida imposible a su proyecto de ahí en adelante al consolidar la reconstrucción de una oposición fuerte, que cercara a un gobierno en decadencia. Pero no. Mi escenario, el que consideraba el mejor posible dentro de las circunstancias presentes, fue reemplazado por el escenario real, el peor. Primero, un amigo que tengo en la campaña de Rosales me informó por mensaje de texto que sí, eran los números que ellos mismos tenían, puesto que la oposición había hecho sus propias cuentas a partir de las actas de escrutinio. Luego, Rosales admitió la derrota. Ya no había nada que hacer. Como acababa de decir Chávez en el “balcón de la victoria popular”, ante una muchedumbre escarlata de brazos enhiestos y puños apretados: “Todo está consumado”.
Y los cacerolazos se callaron.

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