Acerca de la belleza
[La cara de Grace Kelly era muy bella. También la de Alain Delon, qué duda cabe. Pero, ¿cómo adjetivarlas? ¿Cómo calificarlas más allá de esa cobertura trivial y redundante de decir “es muy bella”? ¿Cómo describirlas sin remitir necesariamente a esas metáforas musicales o pictóricas, de memoria vagamente renacentista, como armonía, equilibrio, proporciones justas? ¿Cómo, en suma, decir algo sobre ellas?]
Bellos, inexpresivos
Para el caso, expresividad es una noción controversial. Por un lado, inevitablemente remite a la gran mitología dualista de la modernidad –una cultura de la escenificación y el teatro. Una cara expresa, es decir representa, expone, escenifica. Pero ¿qué expresa? Ciertamente, sensaciones o sentimientos –una vida interior, un alma, un yo profundo. La expresión es un síntoma (de dolor, de temor, de alegría): la era de la histeria freudiana. En la medida en que la cara es el “espejo del alma”, es decir, la superficie material donde un mensaje inmaterial se inscribe, también es la somatización de un conflicto, la manifestación de algo oculto, la actuación –e inevitablemente, la espectacularización– de un guión o un libreto que ya estaban ahí. La metáfora siempre es la misma: una interioridad (voluble, ansiosa, reprimida) busca caminos y formas para salir afuera. El fantasma se manifiesta, el Espíritu Santo se encarna.
Pero puede también hablarse de expresividad en un sentido un poco diferente. Expresiva es una cara (o un cuerpo, o un lenguaje) en situación, es decir en riesgo. La expresividad o la gestualidad son estrategias, o mejor, tácticas. Son modos de intervenir en la compleja proximidad de la comunicación, pero no según el modelo tranquilo del diálogo como incremento y cooperación, sino del de la lucha y el combate. Agonística y no dialéctica. Toda trascendencia se estropea o se pierde en los juegos del contacto: nada anterior a representar, a exponer, a volcar hacia afuera. Así, gestos de miedo, angustia, picardía, no son signos, no representan, no traen algo de fuera de escena –algo anterior o superior a la escena. Son operaciones: hacen y tramitan cosas, provocan o disparan otras, se posicionan en relación a lo que han provocado, se reacomodan. Afectos, no sentimientos. La gran histeria teatral de Freud estalla y se multiplica en el incesante juego de las histerias microscópicas, capilares.
En cualquier caso, expresividad es una palabra inadecuada. No es bella una cara porque sea expresiva. Llegado el caso, diría que es bien al revés, y me permito una especie de paradigma: la cara de Catherine Deneuve. La belleza mantiene una proporción inversa con la expresividad (sean lo que fueren cualquiera de las dos nociones). Es más. Cierta neutralidad siempre quiere funcionar como burbuja de protección de una belleza, digamos, clásica. Producto de una cultura del retrato, del busto y de la escultura (monumentos: hechizos congelantes: conquista paradojal de la inmortalidad: espantosa perennidad de lo que no está vivo), la belleza clásica, cuando vive, parece estar contenida en una especie de tensión superficial: la inexpresividad es una tela muy delgada que no puede ser rota sin que la propia belleza, hechizo fragilísimo, vuele en pedazos. A veces uno podría jurar que siente el esfuerzo de la belleza para evitar todo gesto, todo exceso. Catatonia: una especie de gimnasia quieta, negativa, que se me antoja doblemente agotadora. ¿Miedo a las marcas, a las arrugas, al envejecimiento prematuro? En cualquier caso, se trata de un miedo –¿cómo decirlo?– físico, o mejor, corporal: sinestesia: el temor como una especie de memoria corporal del dolor. No puedo dejar de pensar en un recién operado. No puedo dejar de pensar, es inevitable, en una cirugía estética. O, pongámonos dramáticos, en una máscara mortuoria. Mannequin: el grado cero de la expresión asegura el grado infinito de la belleza.
Bellos, uniformes
Belleza helada, distante y asexuada de modelo publicitario. Caras como máscaras, recortadas o dibujadas. Pómulos y mentones fuertes + mejillas succionadas + bocas largas y austeras + lentes negros. Uno entiende que se trata de una belleza griega, apolínea, asociada a la perfección, y una perfección entendida como simplificación. Lo bello se obtiene a través de procesos de depuración, de decantación, de recortes de todo lo que sobra o se excede, y también de todo lo que delata un compromiso o un anclaje con un ambiente próximo. Se parece a la larga aventura quirúrgica de Michael Jackson. Cirugía eidética. Todas las amputaciones al uso (quirúrgicas, farmacológicas, dietéticas, gimnásticas) están al servicio de la obtención de una especie de cuerpo inexpresivo, un cuerpo utópico, universal, trascendental, despegado, más allá de la historia, de lo social, de lo étnico, del sexo.
Curiosa magia alquímica: el largo itinerario que desde el siglo 18 la civilización realiza en la filosofía, en las ciencias o en la epistemología, en la segunda mitad del 20 se materializa, se ejerce en forma directa, hiperrealista, ingenua, sin mediación alguna, sobre el propio cuerpo individual: como si intentara construir en materia ese hombre tan largamente teorizado y escrito, un maniquí trascendental, un Golem. Una entidad que atravesara y venciera, con una especie de indiferencia olímpica, la tragedia de la historicidad y las épocas, de las diferencias sociales, del envejecimiento, del sexo, de las razas y las etnias.
Bellos, complejos
Pero la diferencia apareció. Una nueva preocupación intelectual, política, universitaria, estaba diseñando las nuevas formas de la corrección. La uniformidad preconciliar dio lugar a una especie de maravilla, de contemplación de las diferencias. Aparecieron ciertas formas sagradas del respeto por lo distinto que me gustaría adjetivar como ecológicas. Qué distintos que somos todos, qué maravilla el juego complejísimo de la multideterminación, qué vértigo cívico el respeto por el otro, por su complejidad, por su derecho a ser eso y no otra cosa. Qué soberbios aquellos tiempos en que pretendíamos liberar al otro (la masa, el oprimido, el proletario, el pobre, el marginal) en nombre de una justicia o de una soberanía que seguramente le eran ajenas. Qué sueño ingenuo haber querido hablar por él, haber puesto un lenguaje organizado, civil o universitario, allí donde seguramente había una voz de otro tipo –no desprovista, quizá, de sentido crítico o libertario, pero de otro tipo. El Vertreten marxiano, esto es, falsete o ventriloquía, una voz falsa que se le da a quien no tiene voz.
Esta preocupación no tarda en extenderse al derecho (minorías), a la administración y a la burocracia de la cooperación internacional (organismos internacionales, gubernamentales, ONGs), al advertising (Benetton generation) y al Olimpo de los modelos de pasarela. La belleza comienza a quererse étnica, excéntrica, limítrofe. Ya no se trata solamente de un apetito de sensualidad que se tramita a través de un procedimiento contrastivo –el exotismo (en medio de veinte escandinavas lavadas aparece la furia animalesca de Grace Jones, (ups! una antigüedad, pero vale como ejemplo). La cara bella, que ha sido al mismo tiempo el grado cero de la fisonomía, comienza a ponerse ansiosa, a estirarse: se anamorfiza, por así decirlo. Su arquitectura genética bastante pobre (eran caras que parecían creadas en el laboratorio gráfico del diseñador industrial) comienza a explorar las posibilidades de tolerar mutaciones, enriquecimientos, complejidades. La maravilla de la biodiversidad. La hija de la alemana y el zulú, la imposible coreana de ojos verdes, el filipino beisudo, la hindú con el lomo de Sharon Stone, el nativo americano, el afro.
Las culturas centrales vuelven a buscar su belleza en las colonias. Pero menos para exhibirlas en el circo y en el varieté que para redimirse mostrando su vocación democrática, para mezclarse y exponer menos el producto de la mezcla que la acción y la capacidad de mezclarse, para limpiarse de toda sospecha de racismo y de apelación a la pureza étnica. La civilización lava así su mala conciencia y conquista una inocencia posconciliar. Esto es –es curioso decirlo–, una nueva pureza. La belleza de la cruza, una pureza sin racismo. Una nueva utopía llamada Eugenesia, ciudad de ángeles.
Bellos, únicos
¿Hasta dónde puede hacerse compleja y enrarecerse una cara sin que deje de ser bella? ¿En qué punto el intento de fabricar una cara interesante, atractiva o sensual puede colisionar con la belleza? ¿Por qué habría de interesarme en la belleza como un bien a conservar, si ahora quiero que sobreviva lo raro y lo interesante? Adulteremos las medidas. Los ojos pueden abolir las proporciones áureas, pueden hacerse más grandes o más pequeños, pueden separarse del tabique nasal. Una nariz más bien pequeña, recta o ligeramente respingada de aristócrata puede ensancharse o inflamarse. La boca puede hacerse enorme y carnosa. El corte de la cara puede hacerse más largo o más redondeado. Pueden debilitarse pómulos y mentón. El resultado es, quizá, interesante, pero su belleza es dudosa. Son caras como la de Iván de Pineda.
Es importante advertir que estas anamorfosis no pueden cristalizar en un nuevo modelo de belleza. Es claro que el proceso no quiere producir tipos. Quiere producir individuos, casos únicos. (Es improbable que alguien con la cara de Delon le pida alguna vez a un cirujano que le esculpa la cara de Iván de Pineda.) La singularidad ha sustituído a la belleza. Signo de los tiempos: el evento ha sustituído a la idea.
Ahora bien. ¿Cómo resolver el problema de la producción a escala industrial de un objeto único? Este problema complejo (imposible, se dirá) habilita una solución asombrosamente simple: el ready-made. El asunto no consiste en encontrar o fabricar objetos que califiquen como bellos, sino en inventar razones ex post facto que justifiquen eso como algo bello (o mejor, en generar la necesidad de que el consumidor invente esas razones).
Es el mismo juego estetizante de MTV (en su momento fue la de los afiches de Benetton). Una cámara fija registra el vuelo monótono de una mosca contra un fondo blanco. Una señora gorda en una especie de catatonia o estado estuporoso está arrodillada al lado de una aspiradora (nos damos cuenta de que no se trata de una foto fija porque el pelo se mueve apenas). Una cámara filma el cielo, hace un paneo lentísimo, aparece la punta superior de un edificio, corta abruptamente como si saltara hacia atrás, repite los últimos segundos del paneo, vuelve a avanzar, vuelve a cortar, vuelve a repetir, etc. En todos los cortos se imprime el logo MTV, como un sello o una rúbrica. Todo está inscripto de antemano bajo el signo de una estética. Pienso: eso puede no ser bello, eso es aburrido o desagradable, eso me perturba; pero sé que eso está ahí para gustarme. Así lo tomo: un segundo gusto, interpretativo, se fabrica sobre el suelo de un gusto convencional o estándar. (Ciertamente que esto ya había sido hecho por las segundas vanguardias, pero se trataba de un procedimiento de élites, de un ensayo a escala laboratorial.) Puede empezar por gestionar una contraestética, un gusto reactivo o alternativo, pero desemboca en una especie de panestética o de omniestética. Un juego al que todas las desviaciones le pertenecen.
Todo
De la cara de Delon a la de Iván de Pineda estamos frente a una catástrofe del gusto clásico. Una especie de barroco interpretativo nos ha arrasado a una estetización masiva del mundo. Ésta (ya que no necesariamente embellecimiento) es también una ecologización. Un respeto maravillado por el juego de las diferencias. Todo es lo que es y compone la milagrosa sinfonía de lo Vivo. No solamente lo feo es hermoso (eso no me saca del juego de la estética clásica: reacciono, reivindico, me paro en un lugar alternativo): todo es estéticamente interesante.
La nueva utopía panestética es como los parques kenyatas. Una decisión convierte a casi toda Kenya en un parque natural. Nada cambia, excepto la mirada. Las mismas extensiones de tierra con la misma fauna, la misma vegetación. Incluso las mismas aldeas y los mismos nativos. Pero todo ha devenido ecológico, natural. ¿Por qué no incluir en este acto institucional a los grandes centros urbanos, las carreteras, los autos? Es un estado beatífico. Todo está milagroseado, sacralizado, museizado. Pero no fetichizado. Si, de creerle a Marx, fetiche es un objeto que oculta su proceso social de producción, el ready-made, el objeto museizado, es, rigurosamente, lo contrario: un objeto que reclama al proceso social como hipótesis interpretativa, que lo postula o lo inventa. Se postula, por ejemplo, una Intención Inteligente allí donde no ha operado sino el azar. Un caserón ha sido acondicionado para que funcione una tanguería. La fachada ha sido decorada para lograr un falso deterioro: humedad, manchas, grietas y agujeros en el revoque. No puede uno dejar de observar que el azar y el tiempo son los Grandes Decoradores, capaces de obtener un deterioro realista, verosímil, minucioso. El problema es que es posible que no se interprete como decoración, sino, simplemente, como deterioro.
Michael Jackson acaba de ponerse colágeno en los labios: ahora los quiere gordos como los de un negro. Seguramente la nueva estética de la diferencia lo sorprende en pleno esfuerzo kantiano, perfeccionista, depurativo. No sería en absoluto raro que quisiera recuperar su color de piel o volver a colocarse la nariz que tenía en los Jackson Five. Aborten el proceso: cambio de objetivos: ya no se trata de alcanzar la trascendencia (lo bello es angelical: es aquello que está más allá de la historia, de la raza, del sexo) sino una singularidad (eso es bello porque es eso, en ese lugar, en ese momento, y no otra cosa). Michael Jackson volverá, quizá, a ser Michael Jackson. Nada habrá cambiado. Pero habrá registros del proceso social de producción de ese objeto. Habrá testimonios de un deseo, de un dolor, de una tragedia.
[Ilustración: Eleanor Read]



Comentarios (no hay comentarios)
no hay comentarios para este post.
Dejar un comentario