La ley del otro
Por Pablo E. Chacón
Estaba en el cine; al rato empezó a formarse en el centro del estómago una especie de pesadez que no tardó en hacerse intolerable: no lograba saber qué pasaba, en qué ciudad estaba. Salí del cine, era de noche, era Buenos Aires. Estaba desorientado por desorientaciones múltiples, incesantemente diferentes, imprevisibles, interrupciones imprevistas, de orientación; entonces se hizo evidente que la mayor parte del tiempo lo había invertido en orientarme.
Estaba desorientado. Estaba fuera de la ley.
Alerta: golpeado por los estallidos, los choques, las llamadas que desde todas las partes señalan, advierten, ordenan, regulan (a una nave en medio de la extranjería), obligado a operaciones indispensables para mantener cierta equidistancia de mí –porque estaba fuera de mí– y del mundo –que estaba donde siempre está.
Yo había precisado de la perturbación insidiosa de una droga gracias a la cual eso se había detenido, para permitirme percibir la acción incesante que ya cesaba. Esta revelación, sin embargo, no pertenecía a la serie de revelaciones capaces de convencer de inmediato, tal vez a causa de su videncia, que debe resultar sospechosa.
Después de volver a la norma, después de esa conciencia tan viva de eso de lo que sólo resta algo totalmente imperceptible, ya no se sabe qué pensar.
Ni siquiera quien nada regularmente, y a partir de los treinta se hace chequeos preventivos, puede contar con que la existencia no irrumpa de la noche a la mañana.
Se ha topado uno con uno, y no se sabe qué hacer.


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