La voluptuosa envidia de los contemporáneos
La reciente publicación de Against the Day, nueva novela de Pynchon (Penguin, algo más de mil páginas), ha agigantado la distancia entre sus lectores fanáticos y los críticos. Entre estos últimos, muchos parecen no aguantarlo más. Le reprochan la falta de cálculo, de dirección, la diversidad de estilos (abuso y alarde), el optimismo verbal, el pesimismo filosófico. Quieren regularizarle la sintaxis, administrarle la puntuación y secuestrarle por lo menos quince personajes por novela. No parecen darse cuenta de que la función de los novelistas que complacen esas exigencias tan moderadas permiten, a su vez, que exista Pynchon: que Pynchon sea quien es.
El hombre que ocultó su cara con más éxito (acaso porque, amonedada y chata, no coincide con la del brillante escritor que él ve) sigue proporcionando argumentos a los periodistas que no lo leyeron, no lo leen ni lo leerán: se ganan el pan transmitiendo estos reiterados chismes. Desde ese espectro del color de la heroína llamado William S. Burroughs no existía en la literatura norteamericana un mito semejante. Pero Burroughs tuvo que forjar su leyenda en la vida y en la realidad (dispararle un tiro en la cabeza a su mujer, por ejemplo); Pynchon, en cambio, pudo prescindir de actividad tan cansadora. Lo que se pierden quienes no leen al autor de V. y La subasta del lote 49 es el enorme placer que provocan sus desmesuras: circunstancias históricas y ficcionales fusionadas, causas con efectos a largísimo plazo (por eso mil o más páginas), personajes inolvidables durante unos pocos renglones y, sobre todo, nombres y apellidos que arman su propio archipiélago.
El proveedor más importante de sustancias materiales para el Museo de la Imaginación de los siglos XX y XXI puede ocultarse en paz: su propia sombra lo protege de la voluptuosa envidia de los contemporáneos.
Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil del 26 de noviembre de 2006.



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