Articulo

Confesiones de una máscara

Por Nicolás Lantos

En estos días en los que el modelo de escritor exitoso es el del ultraexpuesto Paul Auster –y no parece haber otro modelo de escritor que no sea el exitoso–, en los que las novelas se venden a Hollywood antes de estar en las librerías y el mejor lugar donde ejercitar la lectura es la playa, en que las solapas vienen cada vez más grandes para alojar gigantografías de los rostros no siempre agraciados de los hombres (cada vez menos) detrás de las palabras, una novela nueva de Thomas Pynchon –un acontecimiento que se da, aproximadamente, una vez por década– es como una botella de cerveza helada en la conciencia de un borracho caluriento.
El martes 21 se editó en los Estados Unidos e Inglaterra Against the Day, la sexta novela de este excéntrico escritor norteamericano que rehúye las cámaras y que jamás (o casi) dio una entrevista. Así las cosas: ¿por qué Pynchon, aun siendo un prosista denso y por momentos críptico, que se niega a cualquier tipo de campaña publicitaria que no sean pequeños anuncios en medios gráficos, que produce libros, por lo general de alrededor de mil páginas (bastante incómodos para la playa), genera un fanatismo que hace que sus lectores hagan cola para esperar la cero hora del día del lanzamiento de sus novelas como si se tratara de la última de Harry Potter? ¿Cuáles son las razones para que sea permanente candidato, desde hace más de una década, al Premio Nobel de Literatura, y sea mencionado por muchos de sus colegas –de Philip Roth a Harold Bloom, de Don DeLillo a Arturo Pérez Reverte– como el escritor norteamericano del último medio siglo? Porque tal vez se trate, efectivamente, del escritor norteamericano más importante desde la Segunda Guerra Mundial.

Algunas cosas sobre la vida de TP
Pynchon
nació en Glen Clove, Long Island, NY, en 1937. Estudió en la Universidad de Cornell, donde tuvo como profesor a Vladimir Nabokov (aunque el ruso afirmó, en una entrevista, no recordarlo; su mujer, Vera, comentó que se acordaba de su caligrafía). Trabajó como redactor técnico para la Boeing, escribiendo manuales de los misiles que la empresa diseñaba para el ejército. De esta época tomó material que utilizó en sus novelas V., La subasta del lote 49 y, más que nada, El arco iris de la gravedad. Vivió en México y en California antes de radicarse definitivamente en Manhattan. Fue uno de los 447 escritores que en 1968 firmaron la solicitada en protesta contra el impuesto especial para la guerra en Vietnam, que afirmaba que “la intervención norteamericana en Vietnam es moralmente incorrecta”. V. ganó el premio William Faulkner a la mejor primera novela del año 1963. Por El arco iris… recibió el National Book Award en 1974, junto a Isaac Bashevis Singer. Ese mismo año los tres jueces para obras de ficción del Pulitzer la recomendaron para el premio, pero los otros once miembros del jurado la rechazaron por considerarla “ilegible”, “ampulosa”, “sobreescrita” y “obscena”. El premio quedó vacante. Pynchon está casado con su agente literaria, prácticamente la única persona que conoce su rostro, con quien tuvo un hijo: Jackson Pynchon.

Hay una frase que resume la filosofía Pynchon (una disciplina que, de existir, sería una suerte de sincretismo entre paranoia, ateísmo –o panteísmo–, budismo zen, matemáticas avanzadas, cultura pop, psicología conductista y teorías conspirativas) y es “todo está conectado”. A través de esta premisa, Pynchon supo construir tanto su obra como su carrera. Mientras que sus novelas son intrincadas redes de las que entran y salen, permanentemente, nuevos personajes y subtramas, su escritura, inclasificable, abreva en lo mejor y más disímil de la literatura norteamericana.

La prosa de Pynchon desciende directamente de la de William Faulkner, de quien toma la forma en que construye los personajes y, sobre todo, la manía de esconder la trama detrás de un aparente caos perfectamente planificado. De los escritores beat, que estaban en su apogeo cuando el joven Pynchon decidía su vocación, aprendió la lección de dar una voz distintiva a cada personaje, y comprendió (al mismo tiempo que Philip Roth o Saul Bellow) que no era necesario elegir entre el inglés culto y el popular, sino que ambos podían –y debían– convivir.

Pero también puede verse en la pluma pynchoniana la huella de Raymond Chandler y de Dashiell Hammet que, resguardados en el género policial, fueron los primeros en incluir la cultura popular norteamericana –el jazz, el pulp, los comicbooks, las sectas y las mitologías urbanas–; de Ambroce Bierce y su humor negro, políticamente incorrecto y explícito; de Isaac Asimov y Alfred Bester, entre los pioneros de la ciencia ficción que introdujeron terminología y rigor científico a la literatura; de John LeCarre y Graham Greene, espías y escritores, que aunque ingleses ejercieron en el imaginario cultural norteamericano de la época una influencia enorme.

Algunas cosas (curiosas) sobre la vida de TP
Los archivos que documentan su presencia en el servicio militar desaparecieron, al igual que aquellos que lo acreditan como empleado de la Boeing y como estudiante en Cornell, tres de los pocos hechos corroborables en su vida. Pynchon participó, en tres ocasiones, en la serie televisiva Los Simpson. El mismo se prestó para grabar su propia voz, y el personaje aparece siempre con una bolsa de papel en la cabeza, resguardando su identidad. Un rumor dice –porque pocas cosas se saben a ciencia cierta en el mundo de Pynchon– que en 1996 o ‘97 fue sorprendido, mientras caminaba junto a su hijo por Manhattan, por un camarógrafo de la CNN, con quien habría llegado a un extraño pacto: los negativos de la foto a cambio de una entrevista televisiva, algo inédito en su vida. La entrevista, si es que la hubo, se realizó con un pixelado sobre el rostro del escritor, como el que se aplica a los testigos protegidos.

Cuando recibió el National Book Award por El arco iris de la gravedad, envió al humorista Irwin Corey –quien alega ser el inventor del stand up– a recibirlo en su lugar. Alguien afirmó, alguna vez, que Pynchon no sería otro que el también genial y reclusivo J. D. Salinger. Su respuesta fue breve: “No está mal. Sigan intentando”.

También llegaron a decir que era el Unabomber. En este caso, Pynchon ni siquiera se molestó en contestar. Este último dato es tangencial, pero no puede faltar: su sobrina Tristan Taormino es actriz y directora de cine porno hardcore y columnista de sexo del Village Voice.

Un detective salvaje. El entramado de influencias (a las que habría que agregar a Borges, Rilke, Nabokov, Joyce, Conrad, Cervantes, Kafka, y siguen las firmas) que ya se esbozaba en sus primeras dos novelas, V. (1963) y La subasta del lote 49 (1966), termina de explotar en El arco iris… (1973), una novela titánica y absoluta, comparada con el Ulises o con Moby Dick, de alrededor de un millar de páginas en las que conviven el manual técnico, la ciencia ficción, la disertación filosófica, el ensayo, la literatura de espías y la pornografía explícita, entre otros géneros.

Es en El arco iris… donde los principales rasgos de la literatura pynchoniana toman forma: personajes con nombres extraños (Tyrone Slothrop, Pirata Prentice, Roger Mexico, Tantivy Mucker-Maffick) que usan y abusan de drogas, canciones y limericks que interrumpen el desarrollo del relato, tramas y personajes que aparecen y desaparecen sólo para volver a aparecer unos cuantos cientos de páginas más allá. Es también a partir de esta novela que Pynchon se aferra a lo que sería el eje de su literatura de ahí en adelante (lo que ya se anticipaba, de alguna manera, en sus primeros relatos), un estandarte que sólo Roth, entre sus contemporáneos, se animó a alzar: la pesquisa de qué es ser norteamericano.

En el caso de El arco iris…, Pynchon ambienta la narración en la Europa de los últimos meses de la Segunda Guerra, y los primeros después de la caída del Reich. Las andanzas de Tyrone Slothrop, un oficial de inteligencia norteamericano que deambula por el Viejo Continente, buscando un misterioso artefacto y siendo él mismo buscado por todos, conviven con la peor atrocidad de la historia moderna, que el lector, pero no los personajes, conocen, y que Pynchon omite en su novela para dejar que el lector descubra con horror de qué está hecho el escenario en el que se representa la comedia.

Tardó diecisiete años en dar a conocer su siguiente novela, Vineland (1990), una historia atípica sobre hippies, ex hippies, agentes del FBI y la transformación de la sociedad americana, desde la liberación y los ideales en los 60 y 70 a la contraofensiva conservadora de la mano de Ronald Reagan. Bastante menos sutil que sus obras anteriores, Vineland fue considerada por sus críticos una novela menor, de paso entre El arco iris… y Mason & Dixon (1997), el libro que estuvo preparando durante más de dos décadas.

M & D es, en principio, un juego: el pretencioso experimento de escribir una novela en el inglés del siglo XVII. Pero también es el basckstage de uno de los mitos fundacionales de los Estados Unidos: la historia de los ingleses Charles Mason (astrónomo) y Jeremiah Dixon (agrimensor), enviados por la Royal Society a la colonia para trazar la línea divisoria entre lo que luego serían Maryland y Pennsilvania, el límite entre el sur esclavista y el norte industrial.

En estas tres novelas Pynchon investiga minuciosamente al ser norteamericano y descubre una sociedad cuyas principales características son la ambigüedad, el cinismo, la hipocresía, la traición y un histórico sentimiento de inferioridad que sólo puede ser camuflado bajo un manto de patoterismo. No sorprende, entonces, la influencia que ejerció en sus contemporáneos y las generaciones que lo sucedieron, criados en un país cada vez más parecido al retratado por Pynchon, entre sospechas que parecen salidas de la mente enferma de uno de sus personajes: el supuesto alunizaje, la Guerra de Vietnam, el Watergate, Irán-contras, Mónica Lewinsky, las dudosas elecciones de 2000, los atentados del 11 de septiembre de 2001, la virtual oficialización de la tortura.

Es inimaginable pensar en el movimiento cyberpunk encabezado por William Gibson sin recurrir a El arco iris de la gravedad. Ni en la prosa afectada y apocalíptica de Don DeLillo o William Foster Wallace sin la capital influencia pynchoniana. Si hasta las fantasías paranoicas y conspirativas del fotogénico Paul Auster en la Trilogía de Nueva York o La noche del oráculo tienen cierto tufillo a Pynchon.

Ante la distribución de Against the Day, su primera novela post 11-S, el mundo literario norteamericano esperaba con impaciencia para ver cuál sería la reacción del más salvaje de sus escritores ante la ola de autocensura que golpeó a la industria cultural del país del Norte luego de los atentados del World Trade Center. Para saberlo, aquí habrá que esperar unos dos años, hasta que la Editorial Tusquets la publique en español. Una pista: los héroes de Against the Day son una banda anarquista. De terroristas.

Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil del 26 de noviembre de 2006.

Comentarios (2 comentarios)

En la última factura de Edesur viene impreso el rostro de Pynchon.

Omar / Noviembre 26th, 2006, 8:18 am / #

Y en la próxima de Enarsa, descontando el diezmo para De Vido, el de Jorge Julio López.

Pablo Ch. / Noviembre 27th, 2006, 10:36 pm / #

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