El ‘68 según Pasolini
Por Daniel Freidemberg
[Este artículo fue escrito en 1998, al cumplirse treinta años del Mayo francés, para un diario de Buenos Aires, que no lo publicó.]
Una de las más sorprendentes reacciones ante la revuelta estudiantil que sacudió a Europa en 1968 fue la de Pier Paolo Pasolini. “Tienen cara de hijos de papá./ Los odio como odio a vuestros papás”, increpaba Pasolini a los estudiantes en un poema-panfleto, y agregaba: “Cuando ayer en Valle Giulia tuvieron un choque con los policías/ yo simpaticé con los policías./ Porque los policías son hijos de pobres”. Pasolini, por ese entonces ya un director de cine, poeta y novelista famoso, solía protagonizar resonantes polémicas en Italia a través de sus notas de opinión para la prensa, a veces escritas en forma de poema. Con el título “Los odio, queridos estudiantes”, el texto sobre los sucesos de Valle Giulia apareció el 16 de junio en el semanario L’Espresso y la rápida repercusión que obtuvo a nivel internacional llegó incluso a la Argentina.
No sólo esa actitud resultaba sorprendente porque discordaba con el fervor que en la mayor parte de la intelectualidad suscitaba el movimiento iniciado en París sino también porque, apenas unos meses antes, Pasolini había expresado su entusiasmo hacia la Nueva Izquierda norteamericana, en la que en buena medida se inspiraron los rebeldes del 68. “He aquí la nueva forma de un compromiso real y no penosamente moralista: arrojar el propio cuerpo en la lucha”, escribió Pasolini en aquella ocasión, en la que lamentaba que no hubiera en Europa alguien capaz de actuar “lleno de tanta y tan desesperada fuerza de protesta” y de sentir “esta necesidad de oponerse como una necesidad nueva en la historia y llena de muerte y de futuro”.
Herbert Marcusse, el pensador cuyas ideas más se asociaron entonces al Mayo francés, tenía una respuesta: sólo los estudiantes, por su ausencia de compromisos objetivos con “el sistema”, pueden oponerse. Pasolini, en cambio, entiende que esa ausencia de compromisos es banal y lo subraya en un poema de Transhumanar y organizar (1971): “Nadie podría contenerlos: el grito extremista/ los salva como una medicina que hace callar a la realidad”, dice, comparando la impaciencia de los “imbéciles gritones” con la paciencia de los obreros. Pero será en su columna “El Caos” del semanario Tempo donde el autor del Evangelio según San Mateo desarrollará durante 1968 sus puntos de vista sobre la “violencia sacrílega e iconoclasta” del “Movimiento Estudiantil” y la ideología construida a partir de él, a la que denomina “esnobismo extremista” y “terrorismo de la nueva izquierda”.
Más aun, Pasolini empieza a hablar cada vez más de un “fascismo de izquierda” y señala que “la codificación de la desesperación en formas de oposición puramente negativas es una de las grandes amenazas del futuro inmediato (como la guerra atómica o la cultura de masas)”. No deja de ver en los jóvenes una “desesperación inocente” –preferible a la “desesperación de una conciencia que se siente culpable” que encuentra en los mayores que los apoyan–, pero también resalta que, mientras en Europa las “falsas batallas de vanguardia” enarbolan el retrato de Ho Chi Minh, en Vietnam “se libra una guerra de retaguardia: es decir, se combate, en primer lugar por eso tan mínimo y fundamental que es la libertad y la independencia”.
Pero tampoco el rechazo de la rebelión estudiantil es total. En algún momento, Pasolini considera que, con la Resistencia antifascista de principios de los 40, este movimiento constituye una de “las dos únicas experiencias democrático-revolucionarias del pueblo italiano”, y en una carta pública al presidente del Gobierno, en septiembre, le advierte contra los preparativos de una represión violenta a los estudiantes. Más tarde, en enero del 70, respondiendo a un discurso del presidente Saragat que “ha podido identificar los extremismos en un extremismo único”, sostiene que no se puede desaprobar las tendencias ideológicas de la extrema izquierda del mismo modo que a la extrema derecha, porque entre ambas “hay una abismal diferencia de cualidad” y aclara que, al hablar de “fascismo de izquierda”, su intención no era ser tomado literalmente sino acuñar una metáfora. Incluso Pasolini llega a publicar una carta-poema al dirigente juvenil alemán Rudi Dutschke en la que le pide no dejarse engañar por la “buena voluntad” de la burguesía. Los dueños del poder, le dice, “están todos aterrados. (…)/ Y tus jóvenes coetáneos/ entran en la historia por la puerta grande, no por los postigos”.
Es que lo que Pasolini rechaza en los jóvenes del 68 no es la rebelión sino sus manifestaciones de “odio obsesivo, ciego, indiscriminado, absoluto, intimidador hacia quien no lo comparte”, su incapacidad de ver más allá del propio fervor y su arrogancia. Al cumplirse un año de la publicación de “Los odio, queridos estudiantes”, Pasolini considera necesario recordar que el poema había sido escrito para Nuovi Argumenti, donde poco después apareció con su título original, “Del PCI a los jóvenes”, pero L’Espresso se había adelantado “alevosamente” a publicarlo con el título cambiado, y que en ese contexto resultaba difícil advertir que la estridente afirmación de las dos primeras líneas “se trataba de una boutade, de una pequeña triquiñuela retórica y paradójica para llamar la atención del lector y conducirla hacia lo que venía después”: la defensa de quienes, obligados por la necesidad a trabajar en la policía, al “odio racial” que deben soportar por ser pobres suman el desprecio que una gran parte de la sociedad siente hacia la institución policial.
Así y todo, la nota, que comienza refiriéndose al festejo masivo del fin del año académico que en esos días llevaban a cabo en las calles de Roma los estudiantes, cuidadosamente protegidos por la policía, concluye sacando la conclusión de que, luego de casi un año virtualmente sin protestas, ese hecho confirmaba amargamente que su autor no se había equivocado al percibir que lo que irrumpia realmente con los manifestantes de Mayo era “la nueva generación de burgueses con que tendré que vérmelas y contra la que tendré que seguir luchando, como contra sus padres”. En los años siguientes, Pasolini enmarcará esta idea en sus cada vez más desconsoladas y obsesivas advertencias acerca de que el mundo estaba viviendo una “revolución neocapitalista” consistente en la anulación de valores culturales y espirituales, y que, televisión mediante, había convertido a pobres y ricos en consumidores sin principios, arrojados desaforadamente a las libertades y los placeres más como una compulsión que como el ejercicio de un derecho, como si el escritor estuviera avizorando un cuarto de siglo antes una situación que vivimos hoy. Algunos textos que produjo poco antes de su muerte, en 1975, detectan en los rebeldes del 68 el modelo de una actitud ya impuesta y generalizada: “falta de respeto, burla, desprecio por la piedad, vandalismo ideológico”. Es decir: se impuso aquello que los insurgentes tenían de más singular, y en ese aspecto triunfaron, como si al fin y al cabo esa hubiera sido la finalidad real del movimiento. Acertado o no, la singularidad del enfoque de Pasolini consiste en haber percibido, por debajo de la novedad, del entusiasmo y de la inquietante creatividad poética de las consignas, las maniobras con que el poder estaba buscando renovarse.


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