Primera persona
No hay historia argentina ni secretos revelados de praxis política; no es una operación revisionista ni un ensayo audiovisual sobre la arqueología del poder. Yo, presidente se hace singular por todo lo que le falta, y en ese ascetismo programático ofrece sus imágenes más memorables: las de la intimidad ordinaria de varios hombres de Estado en su momento de repliegue personal. En eso, el documental de Cohn-Duprat responde a una serie de preguntas que nadie se hace: ¿qué es un presidente?, ¿de qué materia está hecho?, ¿qué tan diferentes son los presidentes de los ciudadanos que los ungen y los reprueban en un mismo gesto –argentino– de pleitesía y desprecio? ¿Acaso nadie va a reconocerles que son –han sido– aristócratas del riesgo y que hay responsabilidades que alguien, nunca nosotros, tiene que asumir?
Los presidentes argentinos desde 1983 hasta hoy –exceptuando a Rodríguez Saa, cuya paranoia venció inexplicablemente a su vanidad– aparecen despojados del halo que tuvieron. El poder se ha ido, y en sus retiros matan el tiempo viviendo de los recuerdos individuales que nunca coinciden con los recuerdos de la historia. Los recursos formales de Yo, presidente se basan en una versión VIP de la cámara domiciliaria de Televisión abierta y en una serie de encuadres entomológicos en los que los ex presidentes son representados por unidades atómicas de sentido: el bigote de Alfonsín, las moscas que rodean a Menem como un recuerdo de la muerte, las patas de gallo de De la Rúa, el grano peronista de Ramón Puerta; y también en los habitantes –secretarios privados, custodios, esposas, mascotas– que vagan por los segundos planos como satélites que se han desprendido de su órbita. Si hay un poder documental en Yo, presidente ese poder es el del backstage, la distracción, el entorno y, sobre todo, esos silencios que le dan a la película su momento metafísico.
Se trata de silencios que aparecen en los instantes en que los protagonistas dejan de hablar para darnos una imagen; y son silencios artísticos, pero menos cinematográficos que pictóricos, y más afines al retrato clásico que a la captura mecánica de un semblante. En esos instantes, los ex presidentes posan para el retratista recortados sobre un fondo de vacío, y allí el cine documental se convierte en un instrumento que detecta, en círculos concéntricos, una sucesión de tiempos: el del retrato y la preparación del retrato, pero también los tiempos amplios de la historia y la eternidad, donde los hombre fuertes se vuelven insignificantes.
Cuando los ex presidentes hablan, esos hallazgos que nos han dicho quiénes son quedan condicionados por el discurso de la política, plagado de eufemismos y negaciones. Pero la película recupera cierta verdad en los comentarios en apariencia banales de sus personajes. Porque hay una verdad que ningún hombre pude dejar de decir sobre sí mismo: es una verdad que, simplemente, surge. La dificultades de Duhalde para referir siquiera un error de su gobierno y la velocidad supersónica con que considera “linda” la caza de tiburones, que incluye un tiro a quemarropa a la cabeza del animal (o cuando recuerda que Kosteki y Santillán estaban armados con palos el día que los asesinaron), dicen más de su pensamiento profundo que todo aquello que su lenguaje pueda organizar de manera intencionada para ocultarlo. Ese afuera del repertorio es un elemento muy presente en el documental que sitúa a los ex presidentes en una zona de riesgo pleno. Sin voceros ni mediaciones el acceso a la infracción o la ira es franco: De la Rúa dice que el peronismo diseñó su caída y Duhalde contesta que De la Rúa es un “inútil” (y ambos tienen razón).
Si Yo, presidente es un documental artístico, ¿cuál es la diferencia entre uno que lo es y otro que no alcanza a serlo? La diferencia es, básicamente, la que existe entre registrar un documento –hacerle, por ejemplo, un primer plano a la firma de un contrato– y hacer de un suceso ínfimo un documento visual, es decir construir artísticamente una verdad con los restos subestimados del género. Cohn-Duprat saben que el canon del documental, la televisión, e incluso el cine, está organizado como una ley tácita de censura, y que la verdad de una imagen documentada se encuentra muchas veces en las fronteras o en el exterior de esa imagen (en lo que la imagen excluye de sí misma para depurarse y ser representada con limpieza). Por lo tanto, la imperfección se convierte de hecho en una refutación formal –también ética– de la imagen pura, y en Yo, presidente es lo que desplaza a los protagonistas del espacio hipercodificado en el que saben representar su papel. Es Duhalde quien inaugura su participación en la película con una pregunta técnica: “¿Me van a tomar este plano?”. Pero pronto, cuando ya la informalidad y la imperfección del documental comienza a operar como una fuerza instable de la representación –una fuerza transdocumental que ha comenzado a mirar más allá del documento–, el personaje cede sin resistencia a esa cultura de la revelación.
La música incidental –de Sergio Pángaro– la edición de las imágenes –de Jerónimo Carranza–, muchas de ellas microscópicas, y las voces que a veces irrumpen como fantasmas de los protagonistas, le dan la película un ritmo de road movie de retratos que sólo se detiene en los últimos minutos, cuando hace su aparición el presidente Kirchner, el único que todavía no ha tenido la fortuna de ser un ex. La diferencia entre quienes han sido presidentes y quien aún lo es está dada por un abismo de preocupación. La cámara lo toma a Kirchner demolido por el cansancio de la gestión, asediado por los problemas y controlando la respiración –es una respiración mental- como si debiera tomar aire para enfrentar una nueva tormenta de zozobras. ¿En qué piensa? ¿En qué lugar del mundo le gustaría estar ahora? Yo, presidente (digno homenaje al Yo, Claudio de Robert Graves), vuelve a cumplir otra vez, sobre el final, con su propósito: llegar, si se puede, al más allá de la imagen en el que las cosas verdaderamente suceden.
Este artículo apareció en el nº 109 de Los Inrockuptibles.



Comentarios (un comentario)
no será un poco largo este artículo para comentar Yo…?
g / Noviembre 26th, 2006, 5:01 am / #
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