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Articulo

El avance del Niágara

Por Guillermo Piro

1. Más tarde la fachada también había caído

Más tarde la fachada también había caído,
los elementos de la vida se estaban repitiendo, si ello era posible:
como un frasco de perfume que se evapora
y parece formar una punta hacia el cielo
a medida que pierde su superficie.
Un boulevard recto, río confuso detenido por el hielo,
aguardaba sin correr:
árboles confusos renovaban sin cesar el impulso de sus ramas:
alineados unos contra otros los inmuebles de abrían al vacío ya inhabitables,
pero aún en ruinas.
Al mismo tiempo, en este gran boulevard cubierto de nieve durante el invierno,
también,
si,
alrededor de este cristal,
en círculo alrededor de este nudo de vidrio,
en los escondrijos desconocidos del campo,
el humo,
los bancos de hielo,
los ceniceros:
¿qué llama brillaba entonces por compensación?
¿qué silbido huía de la locomotora en la parada?
¿qué luz brillaba en la caja de hierro de la lámpara, en la tempestad?


2. En lugar de correr derechamente vuelvo

En lugar de correr derechamente vuelvo
sobre mis pasos:
en el instante preciso en que su mugido reventó en el bloque de aire,
en el instante preciso en que empezó a barrer oblicuamente los rostros de hormigón,
hinchándose más a cada segundo,
en el instante extraordinariamente preciso en que todo pareció plegarse ante el abismo:
sucedió.
Las líneas se rompían, duras e inclinadas;
corrían a lo largo de la bruma trazando recorridos eternos:
su representación no duraba más que el tiempo de un relámpago,
pero como el relámpago,
se fijaba a perpetuidad en las retinas.
Un entrechocar de botellas, un diesel,
una bocina,
un perro que ladraba:
el sol, excesivamente caluroso para el invierno,
excesivamente disperso,
brillaba cuatro veces sobre el papel.
Más a la izquierda un tallo brillaba marchito dejando caer estambres y pistilos
y muchos sonidos subían por los peldaños de las escaleras
llegados desde más allá de los linderos de los árboles,
bordeando los pequeños jardines,
repercutiéndose
dividiéndose:
todo era diversidad, aplastado por los embates del sol pujante.

 
3. En el océano ya bajo, ya consumido por el sol

En el océano ya bajo, ya consumido por el sol:
y bajo él nada que pudiera dejarse penetrar
por el arma blanca del frenesí:
por donde pasara, el mundo en representación de circo me devolvería la imagen
de las cosas autónomas,
extensiones calmas como el sueño donde golpea la luz aguda de la comprensión,
donde golpea la comunicación.
 

4. El invierno solícito había espantado las moscas

El invierno solícito había espantado las moscas:
los techos eran paralelos a la superficie pulida del cielo;
se hubiera podido creer en estratificaciones de planchas de aluminio superpuestas
sirviéndose de espejo unas a otras.
 

5. La gruñente cabeza de oso del camión salió de su cueva

La gruñente cabeza de oso del camión salió de su cueva
en el preciso momento en que el mugido de la catarata subió al cielo.
Desapareció, protegida por otro bloque de inmuebles,
en el momento en que el mugido volvió a caer sobre la tierra
y se ocultó en ella:
ella avanzaba, muy derecha sobre su butaca azul,
con los cabellos hechados hacia atrás,
alrededor de su figura infantil.
Sus dedos tamborileaban contra el volante modelado de nudillos.
Sus ojos miraban hacia adelante.
 

6. Pese a mis fuertes dolores

Pese a mis fuertes dolores
me guardaba bien de gritar:
como de los placeres:
no debo estar muriendo, me decía, no vi pasar la vida delante de mis ojos.
La piel de su cuerpo:
no hay nervios ni conductos sanguíneos,
todo está liso como un canto rodado.
El ombligo, como un orificio de bala de revólver.
Las piernas, los dedos de los pies, distendidos,
como si en alguna parte alta del cuerpo se estuviera ejecutando un gesto obsceno:
ella habitaba esa máscara de rana.
¿Su cara?:
un vaso gigante en donde combustiones variadas
afloran en tonalidades sepias y azules.
La boca de Leslie Caron.
 

7. En medio del desmenuzamiento del sonido

En medio del desmenuzamiento del sonido
vagos zumbidos de la temperatura:
los golpes hacían surgir algo:
una especie de fantasma empujaba un obstáculo invisible,
hacía oscilar una nube;
el cielo en persona,
tal vez trabajando en la refección después de la tersura del suelo,
se transformaba en fina harina:
partículas aladas flotaban en el aire y formaban nudos.
Enormes grupos, de cuatro o cinco piedras amontonadas,
parecen cúmulos de tiempos prehistóricos:
no se puede creer en la casualidad:
otras veces forman bolas terribles parecidas a grandes mesas;
se buscan los epitafios, pero nada.
 

8. Un gesto extremadamente altivo

Un gesto extremadamente altivo
vaticinó el accidente: futuro.
Yo adoraba la blondez de los cráneos femeninos
y sin embargo,
y sin embargo,
me sentía triste como un niño:
La espalda ocultaba el adiós que daba la boca
cuando ya un pie se encaminaba a la salida
—¡mientras el otro me apuntaba,
mientras el otro me apuntaba!—
el chal negro vaciló, la cabellera soltó un rizo,
y el pantalón, ¡oh!,
¡el pantalón entraba como la arena que se filtra del puño
en la ruta señera de su culo!
 

9. De todos modos, la simetría quedaba a salvo

De todos modos, la simetría quedaba a salvo:
ella había sido lanzada a la debilidad.
Y lentamente,
muy lentamente,
se componía esta verdad:
empezaba con un pequeño silbido imperceptible;
luego aumentaba, se sostenía, se hacía más largo;
luego se desvanecía de nuevo;
había una especie de hipo ronco,
y el ruido volvía de nuevo, sin duda en sentido inverso,
sostenido, alargado, grave y canturreante,
luego débil por segunda vez, degradado, hasta extinguirse por completo.
Durante décimas de segundo
el silencio reinaba.
La lluvia golpeaba el suelo siguiendo un ritmo monótono,
delicado,
refinado,
y entonces el silencio volvía semejante.
El charco a nuestros pies reflejaba el cuerpo de una mujer de cierta edad,
y todo parecía, a cada paso que dábamos,
acercarse a un fin desconocido.
Esta ruptura, la única verdaderamente fatal,
era una realidad imposible:
la barrera no se podía romper, existía analíticamente,
se le podía dar un nombre,
cifrarla,
orientarla,
y sin embargo, el drama estallaría
—no por una mezcla brutal de las dos partes,
sino por una inversión.
 

10. Antes que el espíritu fuera persuadido

Antes que el espíritu fuera persuadido,
los sentidos tomaban precausiones:
las brillantes estrellas arrojaban una falsa luz:
no una iluminación
sino más bien una transparencia atmosférica que alargaba la sombra de cada piedra
y daba el cialo una incierta coloración gris.
Como la amaba, me observaba con temor, o bien,
se enardecía con mi tranquilidad,
jugaba a conseguir producirme dolor,
ensayaba mi ferocidad.
Temía a sus músculos más que a tigres:
una verdadera sensación de instantáneo apaciguamiento
al primer movimiento brusco o tosco;
una automática retirada al primer indicio de enfrentamiento sexual forzudo;
una inmediata sumisión al ejercicio gimnástico que la leona ponía en práctica
sobre la superificie de mi cuerpo.
 

11. ¡También yo, bronceado!

¡También yo, bronceado!:
fuera, más allá de la ventana, el cielo era azul:
los círculos concéntricos se agrandaban, se multiplicaban;
franqueaban, uno a uno,
como águilas arrastradas por la corriente de aire,
el umbral de la puerta, apestando a muerto.
Más tarde, aquello ya no era un canto:
era,
sí,
una especie de fricción continua, dulce, casi parecida al ruido de la  lluvia
y al deslizarce de los neumáticos mojados:
muy pronto se escinde en dos notas,
después en tres,
después en cuatro,
después en cinco,
después en seis;
ha nacido el arbolito musical.
 

12. El caos era notorio

El caos era notorio
la desintegración, de lo más perfecta,
y sin embargo, de esa masa, de ese montón de deshechos estériles,
se salía en ascensión, de abajo arriba.
Entonces la vida no nos abrigaba más que esta manta:
era necesario llevar gafas de vidrio color rosa
para ver el Niágara con colores alegres.
La vida,
la vida aún nos poseía:
fue la ilusión suprema,
la explosión de risa de diablo,
el silogismo que podía crecer, provisionalmente:
mis manos reposaban sobre sus muslos, muy cerca de sus rodillas,
y su espalda, encorvada,
se apoyaba contra el respaldo:
respiraba con esfuerzo, produciendo, regularmente,
cada dos o tres segundos,
un hipo rauco:
llegado del final profundo del silencio,
un ruido de lima y sierra,
ligero,
tranquilo,
que parecía trabajar en alguna obra mecánica,
lleno de esfuerzo y obstinación.
 

13. Ella me amaba con furia

Ella me amaba con furia:
con los brazos en mi cuello, callada,
respiraba, dejándose estar,
mirándome con sus grandes ojos
que daban una sensación singular de luz húmeda.
—Yo también me dejé estar contemplando esos ojos y esa boca,
fresca como la madrugada e insaciable como la muerte.
 

14. Los hechos sucedían más allá de los límites

Los hechos sucedían más allá de los límites
del simple deseo:
en cuanto al resto:
miradas cómplices y palabras encubiertas.
Para no acordarme, me puse a canturrear entre dientes.
Debí dormirme, cabeceando con un aire de despreocupación voluntariamente pintado
sobre mi rostro.
Cuando volví a abrir los ojos, él apretaba los dientestratando de acallar o ensordecer
detrás de su barrera
el trance eyaculatorio que ella, manejando dúctilmente con una  mano,
propiciaba con delicada pericia con la otra.
Entonces pude palpar a la rebelde integral,
temí el motín y dí media vuelta.
Sólo para conformar una escena perfecta
pensé que yo tenía tanto amor como para poner en marcha una fábrica,
para dar energía a toda una ciudad,
o para impulsar un tren:
pero no era cierto.
 

15. El movimiento se descompuso poco a poco

El movimiento se descompuso poco a poco
no porque disminuyera en intensidad o en modo
sino porque se agotaba, demorando el ataque de la helada total
del inmovilismo con carácter eterno:
un laberinto de niño donde todos los caminos conducen al mismo lugar,
ese punto, opuesto al tesoro, donde esperan juntos el pirata y el cocodrilo.
Algunas nociones intelectuales:
también un cierto número de olores vagos, poco caracterizados,
algo así como los olores del humo
y de la tierra: o también:
olores plenamente adaptables a situaciones diversas:
los colores, igualmente dotados de un nombre,
las tres cuartas partes del tiempo podían suscitar la ilusión de lo abstracto.
 

16. ¡También yo, bronceado por el sol!

¡También yo, bronceado por el sol!
era el grito de guerra, la condeación acordada pesando sobre cada minuto:
atrapado en el centro de su propio juego
una especie de hombre yacía acostado en el fondo de un ataúd pintado de blanco:
mis manos reposaban sobre sus muslos, muy cerca de sus rodillas;
¡y el inodoro oprimía mi figura, caramba, inicuamente!
 

17. ¡Error!, dije

¡Error!, dije,
¡en el poema de Dante, Paolo y Francesca
alcanzan el amor sublime en las profundidades del infierno!
El labio inferior insinuaba su pulpa
y las comisuras de los ojos
se abalanzaban sobre ella:
las arrugas se reunían y la línea de la frente se filtraba por la rala unión de la entreceja:
la musculatura facial se aglutinó:
por un segundo.
 

18. Más aún que el más mísero de todos, en la indigencia

Más aún que el más mísero de todos, en la indigencia:
¡También yo, bronceado por el sol!
Al caer vi un coche pequeño aplastado entre dos grandes camiones,
y dos niños, agitando alegremente la mano por la ventanilla:
me despedían.
Más lejos la geometría negativa se acentuaba:
los puntos blancos debían volar por encima de las carreteras.
¿La embestida?:
total,
brutal:
en un catálogo de impactos este hubiera sido un zafiro.
El ojo atento retrasá el momento sublime…
y asqueado retrocedió.
 

19. Una vez frente al templo

Una vez frente al templo
del cual sólo la gran pared del fondo,
como una placa de hierro candente resplandece,
por debajo de nubes de cobre que pasan
otras más grandes de plomo quedan quietas arriba,
a pesar de viento que gruñe implacable
como hachas agitadas queriendo cortar cabezas:
se buscan los epitafios pero nada:
es la muerte inmensa
pero anónima.
 

20. El viaje contrario tendrá lugar por mi cuenta y riesgo

El viaje contrario tendrá lugar por mi cuenta y riesgo.
El viajero paga primero su rescate.
El Niágara lo suelta, pero el regreso carece de encanto.
Sin embargo, al volver a su patria,
el poeta conserva una nostalgia. A Luis Chitarroni

 

Comentarios (un comentario)

También tú, Piro, bronceado por el sol. Saludo a lo que regresa. Lo que sea que regresa. Te mando un beso.

inx / noviembre 18th, 2006, 12:42 pm / #

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