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Articulo

ADREAMFIELDS

Por Gabriel Gowezniansky

Me doy cuenta exactamente de lo que quiero ser. Quiero ser inmortal y no tener sentimientos por nadie. En realidad sí quiero tener sentimientos, pero ellos no pueden ni tienen derecho a lastimarme después. Ahí está el error, es tan simple como esto: el error en la vida es sufrir.

Quiero que Luciana Da Silva no exista. Quiero que Nicolás Alemán no exista. Quiero que nunca, nunca haya existido la madrugada del domingo 20 de agosto.

Me acuesto pasadas las cinco de la mañana, doy vueltas. No me pongo boca arriba porque entonces Javier me despierta y dice que ronco y me hace poner de costado. No sé cómo dormir, invento posiciones. En un momento miro el reloj: las ocho y media de la mañana. ¿Dormí algo? Quiero levantarme, me siento un inútil, pero es demasiado temprano. Puedo agarrar el violín e ir para lo de papá, en Chacarita, pero debería caminar hasta Plaza Once con los borrachos y con mi insomnio y mis inseguridades, con una noche que nunca tuve y recuerdos que quiero sepultar en el inconciente. Me doy vuelta por enésima vez.

Como a las doce y media suena el reloj. Mamá come galletitas con dulce. Sonrío baba. Le sonrío a un olor que no es mío. Veo la cintita azul de Adreamfields estremecerse en el fondo del inodoro y al mear lo primero que me viene a la cabeza es la orquesta de tango: están en San Telmo tocando en la calle; los dedos fríos, los fuelles desafinados, los violines a destiempo; la gente dejando dólares.

Me pongo pantalones y en quince minutos estoy bajo un cielo limpio y desnudo. El aire fresco. La cabeza trajinando. Anoche. Pago con billete y me dan monedas. El boletero de la línea 68 responde a mis buenos días y me da monedas. Las guardo. Intento contenerme hasta estar arriba del colectivo, hasta estar en el anteúltimo asiento doble. Entonces me encorvo, me atoro buscando un segundo vacío. Escribo atrás de una partitura vieja y la doblo prolijamente en dos. La gente sigue subiendo: un pelado con maletín, dos señoras con pañuelos y doscientos kilos encima, otro tipo que hizo la noche demasiado larga; todo es gente sola, gente que sigue de largo, gente sin alma ni voluntad. Quién quiere sentarse junto a un feto. Siguen de largo para estar solos, dóciles y frescos, y encontrarse con su propia sombra. O con otra estatua.

Desdoblo y transcribo (letra sumamente desprolija, renglones irregulares, letra de maniático): “La muerte de las horas, la muerte de su propio nacimiento. No tiene vida, no es una mujer. Hace mucho que estamos casados y no es mía, no soy suyo; no somos nada. Ella no es nada. Nunca se le puede dedicar una poesía a un lavarropas, a un jean. Lu, Lulita, Lola. No tenés sentido, no tenés existencia, no anhelás alcanzar a Dios, no tenés pretensiones ni objetivos trascendentales. Un mundo licuado. Lu, Lola, Ludo. No sos nada. No tenés nada. Nunca puede renacer alguien que nunca nació. Luchi. Corazón. Lula. Nunca buscaste una vida en el violín. Pero encontraste un oficio.”

La fiesta fue Adreamfields y Luciana dijo cosas. Dijo: estoy deprimida. Dijo: tengo la tarde y la pierdo. Dijo: no sé qué voy a hacer el año que viene. Y: no sé si voy a entrar al conservatorio. Dijo: quiero buscar un trabajo. Dijo: tu amigo no es feo. Y después: es simpático.

Nicolás también dijo cosas. Cruzó una palabra con Luciana y con su amiga y el novio (Andy y un idiota que achinaba los ojos cuando alguien se acercaba a hablarle). Pero interrumpí todo. Había fumado y tomado en dosis menores. Qué hora es: tarde. Nicolás dijo: ¿te le vas a tirar? Dijo: sí, me gusta una, una morocha con un lunar sobre el labio (Luciana). Y dijo: si querés ganártela tenés que halagarla. Dijo: me voy, hay una fiesta muy cara en Recoleta, ¿estamos lejos? Y después: tenés que halagarla, yo cuando me acerqué le dije Marilyn. Dijo: tirate vos, si te dice que no después voy yo. 

Decime la hora. ¿La hora? Qué hora es. La música retumbaba, la luz era roja sobre paredes de ladrillo. No hace un minuto que entramos. Qué fiesta en Recoleta. Es casi la una.

¿Tomamos un té caliente o entramos en Adreamfields? ¿Adreamfields; se llama Adreamfields? En la barra ya había gente pidiendo cerveza y speed con vodka. No jodas. Alrededor, gente transformándose en robots. La inmemorial Adreamfields, la Adreamfields de todos los 20 de agosto. Metí una mano en el jean. Todavía éramos humanos, todavía podíamos recordar más allá de esos ladrillos rojos y el techo desnudo de cemento. Pero había escotes como catapultas a otras dimensiones; luces negras dividiendo realidades. Y todavía estábamos solos y lúcidos, todavía creíamos tener retorno. Entonces fue que empezó a sonar la banda.

No era más de la una. Recién estábamos a medio metro de la entrada, del lado de adentro. Tuvimos que esquivar tres musculosas para estar casi en la barra. De pronto apareció un Dani abstemio. Empezar a tomar solo es lo peor, dijo, y estábamos con tres cervezas en la mano. No alcanzó un suspiro. En ese momento la fiesta empezaba a ser una fiesta.

(Dani. Otro violinista del Ensamble, uno fiestero de veinte años que no sabe lo que es la vida. Tampoco creo que quiera saberlo.)

Y éramos tres porque Nicolás había desaparecido. Preguntó por el guardarropa y desapareció como iba a hacer a cada rato durante el resto de la noche.

(Nicolás Alemán. No es alto, no es un gigante. Viste cantidad de sweaters, una blusa roja de su abuela. “Si habrá sido halagada”, dijo cuando la recuperó de mi placard. Nicolás gana; es un fantasma, nunca un competidor. Tampoco un violinista.)

En total: Nicolás, Hernán, Dani y yo en una fiesta que se hace todos los años, religiosamente, desde hace una década. Es un mito, me entendés, me dijo Fran en uno de los ensayos, en uno de los descansos de ese ensayo (ahora estaba en el escenario, improvisando sobre More fiction). ¿Te dije sobre Adriano?, soltó Fran preparándome un mate, Adriano ni siquiera existe.

No mucho más tarde llegó Luciana con Andy y el novio. Una y cuarto, una y media. Preparé una sonrisa que no era mía, un beso humano. Todavía tenían el arrebol del fresco de la calle. Con Hernán teníamos una mano en el bolsillo y estábamos con la primera cerveza, Dani ya había empezado segunda vuelta y Nicolás Alemán se movía más allá, por el interior. Era el único que ya había entrado en el mundo Adreamfields.

(Andy. Siempre que la veo me acuerdo del cumpleaños de Luciana. Estábamos muy borrachos y tuve que esforzarme para decirle que no. Después estuvo tirada en un rincón vomitando. Yo resistí hasta bajar del 42, después de haberme pasado unas quince cuadras.)

Luciana Da Silva arrebolada. Qué hora: la una y cuarto. Luciana Da Silva fresca como la noche. Le sobraban las mejillas, las horas, los ojos dulzones. Y Fran era, desde el escenario, solapando notas detrás de una voz áspera de mujer histérica, el Fran de siempre. Todavía estábamos solos y cabían esperanzas. Sonaba Lumpen.

Qué es esto, dijo sonriendo con sorna. El lugar era chico y no se refería a la gente (más allá se acercaba un fantasma y su catástrofe). Luciana señaló mi bufanda a cuadros rojos y negros. Alrededor las paredes empezaron a apretarnos. Andy aprovechó y se dio un pico con el novio. Hernán iba por la segunda cerveza. (Se acercaba Nicolás Alemán trayendo su superficie.) Me miré a mí mismo. (Nicolás Alemán arrastrando su altanería, con un trago azul en la mano, siendo otro.) No soy malo para las respuestas rápidas, además hasta ese momento era todo demasiado claro. (Qué es esto.) Onda, respondí. (¿Onda?) En realidad era la bufanda de mi vieja. (El fantasma de Alemán con rouge en la mejilla izquierda y un rulo al costado de la frente; pantalones de qué década.) Luciana volteó la cara sin disfrazarla, Luciana dejó al aire espeso revolotearle el pelo lacio y brillante y a cada centímetro la noche se hacía más corta y más lenta. Luciana volteaba mientras el destino se iba haciendo cargo de cada pequeñez, de cada oscuridad en el mundo Adreamfields. Traté de mirarla a los ojos y no pude. Sus ojos no eran míos y nada en ella me correspondía. La situación era inmejorable. Nicolás Alemán sin sombra, un trago azul, los pies sobre el piso de cemento incitando, apenas moviendo los hombros; Nicolás Alemán quieto en un momento eterno, distraído buscando cualquier ojo (cualquiera), cualquier mirada lejana descomprometida que descuelgue de la noche su victoria.

La noche giraba con Love History, con Fran ligando trinos sobre un ronco y pegajoso grito de mujer. Hernán se me pegoteaba y sonreía un líquido ácido; Dani estaba solo y miraba desconsolado a la cantante soplando palabras lentas y arcillosas. Estuve tentado de manotearle el culo a Andy.

(Pero estaban esperando.

Los presenté: Nicolás Alemán, Luciana Da Silva.

Después estreché la mano: la noche del 20 de agosto.)

Tenía el segundo vaso de cerveza en la mano. Y quise reírme.  

A las cinco de la madrugada la noche se había apagado y estábamos en un taxi que Nicolás Alemán detuvo, que Nicolás Alemán iba a pagar. Mi cabeza estaba en el respaldo; los ojos cerrados esquivaban paisajes en los que alguna vez fui alguien. Hasta Once fueron como nueve pesos y él todavía tenía que ir hasta Palermo. Yo colaboré con dos que eran una bendición, una súplica, que eran una penitencia.

(La escalada iba a empezar después, varias horas después.)

Me sentí tan lejano, tan ínfimo y patético una sola vez en mi vida. Estaba de viaje en Israel hará unos seis meses; éramos el grupo 125. Había hablado con Gabriela casi una noche entera de libros que yo no había leído, que ella no había leído. Esa madrugada, año nuevo gregoriano, todos los grupos habíamos alquilado un boliche. Entramos saltando. Yo me acercaba y ella se movía, yo me movía y ella se alejaba; hasta que desistí y no la vi más en toda la noche, pero escuché todo. Ese día lamí el piso, trapeé el piso, glorifiqué el piso. Pero ahora trataba de estar alto, sentirme alto, pensar en Flor, en Barbie, en Martinita, en Vayan saliendo, en mi vida y en el violín, en Luciana y en su corte de pelo y en sus trescientos pesos en ropa y los quince kilos que ahora no tiene, en Andy, su amiga Andy, que transaba con un idiota que lo único que sabía era apretarla desde atrás (en un momento de la noche le dije: agarrala fuerte así no se te escapa, y el idiota sonreía mientras sentía su pito de goma contra el duro jean frotando el gomoso culo de Andy), y pensar en la escritura, en José, en Ernesto (en Ernesto), en tener esa buena onda, en la vida, en lo buena que es la vida para el que sabe cómo disfrutarla, en practicar escalas, afinarlas, en la música y en mis oídos que estaban a punto de estallar. Pero estaba sola y tomaba un daiquiri. Pero nada se movía en torno suyo. Pero la banda terminó con ovación. Pero me crecían verrugas. Nada sirve para nada cuando estás en el lugar equivocado mirando a la mujer equivocada que podría ser la correcta si cediera, si por una vez nos otorgara una oportunidad. Todas mis ideas estaban suspendidas. Giraron los vasos y los bolsillos se iban llenando de calor humano. Hablaba con Luciana y ella miraba lejos, más lejos, por detrás de Hernán que ahora se mesaba un principio de barba que le cubría el mentón. Después de la presentación Nicolás se había alejado (aunque apenas se movía), se había movido dejando una estela con sus fantasmas caprichosos rezongando, pidiendo permiso, sonriéndole permiso a mujeres imposibles.

Siempre se trata de ceder un milímetro, ceder en un momento en que nunca estamos dispuestos a ceder.

La noche había impreso sus primeras tintas y ya tenía su pasado.

Le dije a Luciana: tenés razón, es un caradura; y ella me rozó el brazo quitándole importancia. Pero Nicolás Alemán seguía más allá, siendo simpático (evitando ser feo), hablando con todas las mujeres a la vez y halagando, siendo glorificado como una deidad, como una pieza de almanaque. Siendo un superhombre. 

Pero todavía la banda sonaba. Estábamos en primera fila hasta que dejamos de estarlo. No había nada demasiado dramático en el aire. Casi las dos. Es más, el calor agobiaba y dije: no pienso pagar un peso de guardarropas por mi saco y mi bufanda. Hernán me preguntó si alguna vez pensaba pagar un peso. Dani se floreó con un golpe de cabeza que hizo de contrapunto al platillo (un baterista muy gordo, con una cresta y una remera de Los Pitufos). Y pensé que si había un centro gravitatorio en algún lado era yo: todo estaba girando a mi alrededor. Nicolás había saludado y desaparecido. Cada uno empezaba a desaparecer y no quedaba nada. Todo dependía de mí.

¿Los temas? Mal pronunciados en itálica, cargados de desesperación. ¿Mi tema? La caída: Nicolás volvió para arrastrarme hasta el fondo junto a Hernán. Estaban haciendo migas con unos tipos demasiado altos. De la nada surgió Dani. Dijo: miro y no hay nadie, me doy vuelta y los veo a ustedes tres mechando. (Daniel volteó la mano y la hizo girar como sosteniendo una bandeja.) Pitó. Pité. Me palmeaban la espalda por tres lugares distintos; pité. Y encima, dijo, ni siquiera me avisaron (su mano ahora tenía la abertura precisa, la presión exacta). Así no funciona, viejo, dijo suspirando una varada de humo.

(Dani. Ama a Benedetti, ama cada uno de sus cuentos. Es de la clase de gente que está enamorada de la literatura porque casi no lee.)

Fumábamos con el dueño del lugar, un tipo rubio con una camisa arábiga, anteojos de montura roja y una sonrisa que dejaba el terreno erosionado. No sé si Luciana me miraba o si estaba prensada en una pared. No quise saberlo. Pité profundo mientras escuchaba el violín de Fran entre covers todos iguales que parecían tener un mensaje, parecían querer decirnos algo.

Después terminó la banda con Disaster, un tema propio, y apareció Fran, también violinista del Ensamble (igual que Dani, que Luciana y que yo; todos alumnos de Cecilia). Era Fran de la fiesta, Fran de las entradas, el gigante Fran. Se acercó (grandote), sonrió, nos miró con los ojos de siempre, con la sonrisa de siempre y desapareció sin decir nada. Bailábamos con Dani (si es que se puede bailar con Dani), con Lula, que estaba callada y hermosa y había aparecido recién, con Andy y su novio y su pito achinado. Lu movía los brazos como si todo el tiempo estuviera por tocar algo y se arrepintiera a último momento. El resto era campo despejado, Nicolás no era más que un espectro muerto a la una y media. La noche todavía barajaba su propia lógica y nos hacía tener esperanzas. Y yo empezaba a sentir el mundo entero como algo sólido, como una roca dura aunque maleable.

Bailábamos Hernán, Dani, Lu y yo. Nos movíamos en ronda y yo analizaba. El nivel del movimiento de los brazos al costado del cuerpo determina el nivel exacto de confianza, de orgullo. O exactamente lo contrario. Entonces Lu dijo, enfervorizada en unos brazos que parecían marionetas, tomando un tercer vaso de alcohol rebajado: Fran es puto. Dani se puso histérico y yo no entendía qué estaba pasando y empecé a descomponerme de la risa. Hernán no hizo gesto alguno salvo empezar a mover los brazos como si estuviera secando lechugas. Detrás nos estrechaban luces rojas y ladrillos y la incomodidad de Adreamfields que asfixiaba. Hice un movimiento descordinado y me di cuenta de que esa era la clave de la noche, la clave que puede dar un quiebre para muchas cosas o entregarnos a una estupidez más, otra. Lu seguía tanteando el aire con las palabras suspendidas en la eternidad del momento. No entendí qué significaba Luciana Da Silva ni de dónde surgían los impulsos. Estábamos con barra libre (un fernet, ¿el segundo?), estábamos con mi estómago y las ganas de no perder un domingo, de no perder toda la vida un domingo 20 de agosto. Y no entendía de qué carajo hablaba ni qué tenía que hacer yo todavía con la mano en el bolsillo, escupiendo risas. No entendí muchas cosas, pero sobre todo nunca entendí (ahora, desde la cama, con el violín apoyado en el piano y una resaca que es un eco de la noche, no puedo entenderlo), por más que lo pensé y repensé durante toda esa madrugada no pude llegar a definir cuáles fueron los gestos que anunciaron el fin de la noche, que sellaron el destino de cada 20 de agosto en todos los años como un punto muerto donde la victoria y la derrota se convierten en conceptos abstractos y estúpidos, conceptos que desde ayer perdieron significación para siempre en mi vida.

(Fran: el puto.)

El dato colgaba del aire, generaba descargas, y Luciana bailaba como un maniquí, los hombros no le pertenecían. Tampoco las miradas que evocaba.

Vos me dijiste que Fran era puto. Daniel el cholulo, el abstemio. Cuándo te dije. No me acuerdo, me dijiste que Fran era invertido. Luciana estaba ansiosa y no había fantasmas de quince kilos en su mirada. Después até cabos que quizá no existían. (Daniel Benedetti.) Fue más tarde, cuando yo ya había fracasado como cien veces, después de que Dani hubiese vuelto de cagar en su casa y de que apareciese Fran. En ese momento éramos el novio con Andy y Luciana y Fran y yo. Luciana casi se le tira encima. Me acordé del tema de los armónicos. Traté de unir partes y de borrar la paranoia. Luciana insistiéndole. Diciéndole: me lo tenés que enseñar el jueves. Y después el jueves diciéndole: me lo tenés que enseñar ahora. Era cómo producir los armónicos en el violín, algo que yo sabía, algo que de hecho Fran me había explicado de forma un poco más profunda hacía un tiempo. Teoría de cuerdas, algo de eso. Un medio. Un tercio. Quintas, octavas. Ese jueves se lo explicó y yo miraba, sentado a unos dos metros y medio. Fran en un momento me miró de reojo.

Así que ahora Lu se le tiraba encima, otra vez. Movía sus manos como señuelos mientras yo estaba demasiado cerca, con las manos cosidas a la cintura y los ojos entrecerrados esculpiendo figuras borrosas a lo lejos. Dani ya no estaba, Hernán no estaba, y Nicolás había olvidado un retazo de su perfume a nuestro alrededor.  Fran hablaba como siempre, era lo único que parecía inmutable, la única isla que me quedaba en el mundo. (¿Fran el puto?) Fran nunca había cambiado, y además en algún momento había aparecido otra vez y se había vuelto a ir sin abrir la boca, sonriendo todo el tiempo. Fran. Tenía que aferrarme a algo. Era el mismo de siempre. Pero yo no era el mismo y todo empezaba a desestabilizarse. (Quién era quién.) Mientras tanto, sumado a la zozobra de unos alientos escandalosos, nos revolvía un olor a baba de Adreamfields que desmayaba.

Luciana la puta. De pronto, mientras me movía solo, mientras mi cintura dura estaba a punto de realizar un suicidio en masa, pensé: Luciana la puta. Pensé: le gusta la frivolidad, ella es la frivolidad hecha teta y culo (y me acuerdo de dos cosas: cuando escuchábamos la banda, al principio, con Fran en el escenario. Sebastián me tocó el hombro. Todos habíamos tomado algo. Me dijo que a Luciana le habían crecido las tetas y el escote. Me volteé y la vi. Un escote como nunca había visto. Dos porciones de piel que eran tractores. Se cambió la remera. O la cara, porque alcé la vista y no era Luciana. La otra cosa: en el concierto con la orquesta de San Martín me vino a ver. Habíamos tocado la Overtura Egmont y un concierto para piano y otras cosas. Casi se me tira encima. No sé si también preguntó si yo era invertido, pero me saludó con su abrazo y su sonrisa que eran un tractor).

Y me acordé y me olvidé. Y pensé: Luciana es un pantalón de jean, es un vacío, una clase de natación para ajustar nalgas, un lunar en el labio, un lavarropas. Y pensé: Luciana es la mujer que va a matarme. Pensé: Luciana la puta.

Después de mechar por segunda vez, de estar paranoico por que no me viese, me pegué a Nicolás y Luciana (Marilyn), que estaban a un costado. (Alemán: tenés que relajarte. Alemán: el calor me está matando. Alemán: no quiero despertar.) Estuve a punto de abrazar a Nicolás, de darle un beso en caso de ser necesario, pero en seguida se alejó entre unas caderas y unos fernets (qué entendía, qué buscaba). Y después escuché por debajo del lunar: estoy deprimida. Sólo me habían guardado las peores (como a Barbie, después del ensayo: todos me lloran en el hombro, Ga; Lau, Marti, vos). Entonces me volteé y vi venir a Daniel. Me voy, nos dijo y no sé qué más, porque no tenía ojos ni oídos. Era el momento (pero mucho después en la noche elaboré la teoría de los momentos y me volví un escéptico. Todavía pensaba tener algo reservado en algún lugar).

Momento: estamos contra una pared; hablamos; es mi momento. Me hago el distraído y pregunto: pero por qué. El hombro derecho se refriega contra la pared áspera. Hasta ahora qué digo, ¿voy mal? Cruzo los pies, plastifico las manos en los bolsillos. Inocencia sobre inocencia. Bufanda, saco, peso en la billetera. Estupidez sobre estupidez. Y empiezo: Vos tenés que estar bien, vos estás bien y no tenés por qué estar así. Mirate, digo, tené en cuenta, me exalto. Elegiste el violín, estás tocando el violín, elegiste tu vida. Me volteo. No la miro más porque ella no me mira. Pero sigo: Qué hacías hace un año, qué hacías en la secundaria y qué pensaste que iba a ser tu vida. No mira, no desvía los ojos del centro del mundo: caderas como espermatozoides buscando al cielo, al Creador. Ahora sos lo que tenés que ser. Vas a llegar lejos. Respiro. Dejo de pisarme el pie. Lejos. Me dejo entre la música. Se detiene el mundo por un segundo y estoy sudando y me doy cuenta: puede que haya hablado demasiado. Me pongo de espaldas a la pared, mirando el mundo Adreamfields que no es más que ocho metros por no sé cuántos metros de gente sorbiendo tragos aguados que apenas mueve el culo. Soy parte de Adreamfields desde mi rincón, soy parte de la baba. (Desde cuándo.) Vos tenés facilidad, digo, tenés lo que necesitás. Y además, digo, Cecilia es algo grande, algo enorme. (Cuánto más hace falta.) Pero: no sé, estoy deprimida. (Cuánto.) Percibo cómo el movimiento y el ruido se distancian de nosotros. Estamos siendo filmados y nuestra actuación es desastrosa. Nunca el mundo estuvo encarrilado ni tuvo buenos escenarios, buenos actores. Su boca: un lunar y una mueca. Vos estás tocando un montón, dice como un reproche. Su boca es un tridente cuando habla. No sé, necesito trabajar, necesito otra cosa, dice. En dónde la perdí. No sé qué estoy haciendo, no sé qué quiero, dice mirándome. La veo suspirar. Veo respirar a la verdadera Luciana, a la que no usa escote y a la que con la mano derecha se masajea la sien. Y no tengo idea de qué hacer, qué decir. Entonces quedamos contra la pared, en silencio. Yo soy el que está en realidad de espaldas a la pared, sabiendo todo: sabiendo por qué está deprimida, por qué pierde las tardes, por qué no quiere entrar al Conservatorio, por qué pensó en matarse, por qué su vida es un pedazo de mierda sin sentido y por qué algo más allá, más lejos, está Nicolás en el guardarropas, hablando con un canoso de bigotes. Se ve la figura entera –opacándome- de Nicolás Alemán, excepto por un pedazo de torso cubierto por una rubia. Me acerqué después de dejar a Luciana y me dijo: estaba aburrido, no tenía con quién hablar. Yo sabía todo, se mostraba. Pero lo que no supe ni sé ahora es por qué Dios, sea el boludo que sea con el nombre que a cada uno se le antoje, por qué el Dios de los libros y de las conciencias me había entregado el violín y por qué, lo más importante, lo más estúpido e irracional, le había entregado a Luciana esos labios como tridentes.

Aclaro: Adreamfields, fundación: 20 de agosto de 1996; lugar geográfico: Independencia y Bolívar (persiana roja); su rey: Adriano: fundador, alcohólico y estudiante de ingeniería y dueño de casa. El animal mitológico de Adriano.

Después caminé, bailé, me moví, tomé fernet, fui al baño como doscientas veces. Alguna vez estuve cerca de Luciana y le hablé a la boca. Ella me susurraba cosas en el oído que casi no entendía, mientras el pito de goma del novio de Andy se enrostraba contra ese culo acuoso, dolorido de Andy; Andy sobria y sonriente. (Le dije en un momento: están para el casamiento; y ella gritó sí, y le dio un beso y ahí nomás al novio sin nombre se le llenó el pito de espuma.)

Bailaba, caminaba y me movía, y todo era una forma de decir: todavía no fracasé, todavía hay tiempo, es cuestión de decir un chiste más, de que Francisco le de un beso al barman, que Dani haya muerto en un accidente y que el mundo sea eterno en Adreamfields. Necesito ser el último hombre sobre la tierra.

Pero nada era eterno y yo no era el último hombre.

Pero Lula, Lu, Luli  no se me acercaba, allá lejos, contra una columna, viendo pasar el fantasma de Nicolás Alemán. Hablaba acá, hablaba allá, nos rodeaba y se iba de nuevo. Estaba al acecho. Y todo era mi culpa. Me debía odiar a cada momento. Era cuestión de que yo diga la palabra, de que haga un sacrificio que no estaba dispuesto a hacer. En mi mano estaba el pasaporte. Pero hubiera sido suicidarme una noche en que recién empezaba a agonizar.

Mucho más tarde, aunque no tanto. Daniel había vuelto de cagar en su casa (tiene coche y una voluntad de hierro) y Nicolás le había pedido la piedrita y se había ido (estaba con una mina más petisa que le hablaba a los labios). Que tu amigo vuelva, me dijo Dani. Después no sé qué pasó y Daniel tenía un pedazo de porro en la mano; armado y fumado. Me lo pasó. Pité. Se lo devolví. Pitó. Después le dije: basta una dosis para que esta música empiece a cobrar sentido. Incluso Hernán pitó por enésima vez. Y escuchaba el redoblante y las trompetas y el golpe y el golpe, y las trompetas que creía que escuchaba. Me movía como un enfermo, cada parte de mi cuerpo había tomado las riendas y no encontraba forma de unirlas, de explicarlas. (Trompetas, culos sonámbulos, fantasmas.) Dani me miró y se encogió de hombros mientras yo no podía parar de moverme. Si querés levantalo, dijo cabeceando hacia abajo, lo acabo de tirar al piso.

Después Dani fue al baño y por más que revolví el piso no pude encontrar las sobras. Al rato lo vi hablando con Lu. No sé dónde estaba Nicolás (prefería no saberlo) y le supliqué a Hernán que nos corriéramos. No sé cómo aparecimos en un sillón, yo sintiéndome un estúpido con un pito de goma oxidado. Hacía muy poco que había terminado todo, que había perdido lo único que me quedaba de la noche. Hernán había fumado mucho y estaba como muerto, acostado hacia atrás, con ojos de muñeca inflable. (Siempre está así después de fumar, siempre queda así después de la primera mecha, me susurró al oído Nicolás mucho antes de juntarnos con los tipos altos, mucho antes de enterrarme.) Me dijo: estoy cansadísimo. Ahora los ojos ni siquiera estaban abiertos. Una pierna como un bastón, una mano en el muslo, la cara hacia arriba buscando aire. Y estaban esos cinco locos (los mismos que nos hicieron mechar mientras tocaba la banda de Francisco) dando vueltas, tomando Stella Artois y mechando mientras con las manos sosteniendo pancartas. Me siento un pelotudo acá sentado, dije. Y había otros dos, más allá, uno con una remera que parecía de la Guerra de las Galaxias, lamiendo el piso, glorificando el piso con su baba.

Tuve que hacer algo, decirme algo. Entonces pensé: hoy ensayé con Vayan saliendo. Estábamos en la casa de Barbie en un ambiente muy bohemio. Ella, el novio, una mina que vive de clown, otra que salía en tren para Mar del Plata despidiéndose con abrazos y promesas, y la cellista, Flor, y dos violines más: Martina y yo. Me dije: Martina me preguntó cuántos hermanos tengo. Recordé: el novio de Barbie me insistió quedate, vamos a matear un rato, y era como estar unido a algo. Comenté que tenía fiesta a la noche y que al otro día no iba a estar vivo y Marti dijo: yo lo traje a la orquesta pensando que era así, tranquilo. En ese momento sonreí pensando esa frase. Y me dije: Martina con su cara que es una postal. Y también me dije: vamos. Y pensé: me caso con Martina, y con Flor. Y repetí: me siento un pelotudo, un fracasado. Y sonreía y pensaba: no importa el violín, no importa el tango, no importa Martina con su pelo lacio y limpio, no importa el violín ni importa nada. Y pensé: por qué carajo vine. Y nos levantamos, o en realidad yo me levanté, porque Hernán estaba reviviendo, pero necesitaba otro cuerpo. Entonces me di cuenta de las luces rojas de Adreamfields, me enteré de que nunca había existido ese ensayo y de que para vivir dependía de esa noche, de una noche que ya no tenía sentido. Estuve a punto de ponerme a llorar.

Fue antes de entrar, todavía con una enormidad de voluntad propia y mientras esas dos rubias que nos ponían la cintita de mierda, que me preguntó Hernán: qué clase de nombre es Adreamfields. No tengo idea, le respondí, pero todos los años es el mismo día, el 20 de agosto. Cayó sábado de casualidad. Lo que Francisco me contó es que el nombre es en honor a su fundador, el gran, enorme y hermafrodita de Adriano. Pero quién sabe.

Y el recuerdo me hizo sentir todavía más pelotudo. Y lo dejé y me levanté y salí a la pista. No podía depender de nadie, eso estaba claro. Necesitaba moverme. La gente era la misma de siempre y se movía, pero no reconocí una cara. Hasta que vi una y me uní a Dani. Tenía un fernet en la mano, el sexto, me dijo. Había vuelto de cagar hacía rato y dijo: no te preocupes, después voy manejando de la derecha, muy lento, muy despacio y así no choco; si no, cualquier cosa me tomo un bondi y ya está, paso a buscar el coche mañana. No hace falta, le dije, y le estreché el hombro y me pregunté cómo podía existir alguien en el planeta que vuelva con el auto desde San Telmo hasta Almagro, cague, y no se tire a dormir en su cama. Eran casi las cuatro. El alcohol nos bailaba en las manos. Y estuve a punto de vomitar de la risa. Pensé en una cama, pensé qué podía pasar si toda la noche entraba por la licuadora y llegaba al taller de José. Me reí. Qué carajo me iba a decir Ernesto. (Todo más que bien. Tu vida es otra. Caer para escalar más alto.) Me dije: soy un pelotudo, no hay nada que escribir. Pero la noche ya era otra y Ernesto tenía razón, no podía estar más abajo.

Me volteé. Hernán se había cambiado de cuerpo y estaba a mi lado, así como Nicolás. Bailábamos como robots. Me dijo: esos presentimientos, esos que vienen cuando hay sentimiento. Lo miré como un estúpido. O yo no había entendido o dijo algo completamente sin sentido, algo que podría haber ganado un concurso de habérselo propuesto, que hubiera merecido una paliza (de no ser mi hermano), pero en realidad había descubierto todo, ése era el punto, era exactamente lo que pasaba. Me dije: adivinó todo, soy transparente, no tengo cuerpo. Después lo vi señalar hacia arriba, al universo, sonriendo siempre y diciendo: es malísima, la letra de este tema es malísima, pero la rima es excelente. Presté atención. Estaba sonando. Presté atención y escuché “consentimiento”. La letra era un desastre y Hernán se había cambiado de cuerpo por uno que ni siquiera tenía cerebro.

De pronto apareció Fran, un poco más allá, bailando con otros amigos suyos. Fran el puto, el robot. Al rato apareció Luciana la puta, y pensé y me reí y casi dije en voz alta que busque su propio consentimiento si es que puede. Estaba buscando algo mientras yo me mimetizaba. Nicolás estaba a mi lado, pitando. Los cinco bailábamos como robots. Y pité. Y traté de evitar tocar algo invisible y casi me caigo. (Estoy bien. Estoy perfecto. Estoy más que bien.) Nicolás Alemán se reía y me palmeaba y besaba el aire. Elegí ese momento para repetirme la verdad por enésima vez, mi venganza: no estoy dispuesto a hacer este sacrificio, puedo sacrificar muchas cosas, pero no esto, no a Luciana, no a los años y a mis esperanzas pasadas y a las presentes con todas sus sonrisas de pelotudo, no puedo hacer este sacrificio sólo por esta noche de mierda, por una noche que va a ser eterna.

Y encima de todo le escribí la mejor poesía de mi vida.

Cuando me despierto son las doce y media. La luz es un metal pulido. No hay culos de goma. Todos duermen menos mi vieja, que come galletitas. Tomo un café. Me visto. Preparo la mochila. Cómo estás, pibe, me dice. La luz está llena de resaca; yo estoy cargado de vitalidad. Mis hermanos duermen, mi vieja come galletitas con dulce y yo le hablo de Vayan saliendo, de los ensayos de cuerdas, de fechas que hay, de tocar en San Telmo en la calle. El nuevo tango. Y mis hermanos duermen, tanto el que se acostó fumado y borracho conmigo a las cinco (antes de comerse media heladera) como el que se acostó a la una y no había tomado ni fumado ni bailado como un robot.

Salgo a la calle con una luz que empieza a ser un traicionero picaporte a la noche. Cargo la mochila, la frustración, el violín.

Fue justo antes de que Dani haya vuelto de cagar, de que Nicolás gane una mina que le ganó el faso para el novio, antes de que Fran baile con sus amigos y que Adreamfields empiece a cobrar tinte de película clase “C”. Fue después de que ella me dijera que estaba deprimida. Fue antes y después de todo eso que me acerqué a Luciana, ella estando sola con un vaso lleno de hielo y vacío de alcohol. El alcohol me lo tomé; eso es lo primero que me dice. Yo le pellizco la panza y le digo: estás muy flaca; eso es lo primero que hago y digo. El segundo, pienso, los momentos siempre son dos y este es el segundo. La música me golpea la cabeza. Y siempre va a estar el fantasma de Nicolás Alemán en el aire, en el guardarropa y en el alcohol. No tengo ningún trago y me siento en desventaja. Apenas vuelvo con un fernet le digo: Andy con el novio son culo y calzón, y ella hace una mueca. Pero no tengo apuro; acabo de arribar. Le digo: estás de buen humor, y sonríe tibia, con los ojos inyectados en el hielo. Digo: sentate, y yo ya estoy en el piso. Duda. Yo soy su sillón, eso es lo que pasa. Se sienta, me palmea la rodilla y dice: Gabo, tenemos que hacer un ensayo parcial esta semana. Palmea la rodilla pero toma la prudente distancia para que no la asfixie con mi muslo. No contesto porque sé exactamente el juego: es ganar una ventaja y exprimirla al máximo, cada vez que ella habla gano un punto y mi indiferencia me da medio punto más. El juego de los momentos. Mientras tanto el silencio dura tres minutos que son horas. Entonces le digo: el primer día que te vi, ¿te acordás?  Se ríe. Responde: no. Cómo que no, en lo de Cecilia. Vos entrabas y yo estaba con otro saco, el azul, y un jean. Look facultad. Te veía por primera vez. El lunar. Tu cara redonda y siempre sonriente. Hago una pausa para respirar más fuerte, para llenarme más del pesado aroma hermafrodita de Adreamfields. No me acuerdo, dice, fue hace mucho, hace como dos años. No sé hace cuánto, éramos otras personas. Vos parecías una bebita. Lo que me acuerdo es cuando tocamos el canon de Pachelbel juntos, me dice y me habla a los labios. Sonaba un desastre. Creo que fue un par de semanas después de esa vez, dice y ríe y huelo. Me acuerdo que yo hacía la primera voz y sonaba horrible. Respiro fuerte: me penetra su perfume y una vaharada a cerveza. Me concentro en sus labios finos sobre el lunar. No hace falta la indiferencia. Todos son puntos a favor. Digo: a fin de año tocaste el movimiento de Bom, ¿te acordás? También sonó horrible, me perdí y Cecilia tuvo que seguir sola hasta que volví en el final. Pero había una muy buena técnica de saltellato, protesto. No sé, se sonroja y apoya la frente en mi hombro. Ojalá yo tuviera ese saltellato. Levanta la cabeza y me mira. Después la deja en la pared viendo las parejas Adreamfields. Más allá el dueño del bar hace pasos alocados de samba. Por primera vez estamos solos. El tipo es demasiado alto. Y entonces empiezo a caer: podríamos tocar el canon nosotros, sin Cecilia. No puedo, dice. Cómo que no, ya estamos cocinados para eso. No, dice, no hay nada que pueda tocar ahora. Qué me estás diciendo, Lu. No sé, Gabo, no me siento para esto, no me siento para nada todavía. Los labios un poco más finos se alejan del lunar y me doy cuenta de todo y no sé qué le pasa. Tengo que conseguir un trabajo y dejarme de joder, eso es mi tarea ahora. Con el violín tengo para rato, ¿te das cuenta?, dice, no puedo hacer un compás, no puedo hacer ni siquiera una nota del concierto de Bach. Exagerás, protesto. Y quedamos ahí, en toda la inmensidad del presente. Sus ojos se pierden entre las piernas que se mueven. Los culos sonámbulos. Las trompetas. Y los fantasmas. Pero todo está asquerosamente quieto. La música es la misma desde hace horas, pero nadie mueve la puta cabeza. Le pellizco la mejilla y le digo que qué mira, que ella tiene que ver lo que está pasando, que hoy es la reina de la noche. (¿La reina del 20 de agosto?) Hace otra mueca, la segunda, y pierdo algo más de punto y medio. Ni cantidad ni calidad. Le pregunto por Andy, y me dice que se fue con el novio a un sillón, que igual dijo que ahora volvía, y no pude no imaginarme el idiota achinando los ojos mientras le besaba el cuello, el idiota rogando para que, de alguna forma mágica, se le baje la bragueta y pueda respirar su pito agobiado, ver la luz y darse cuenta de que hay un mañana y que no tiene por qué vivir entre rejas hasta la eternidad. La tuve. Estuvimos tan cerca que pude oler su aliento a cerveza y su shampú. Y quise pitar. Y tuve su cabeza en el hombro y me quedé paralizado. Y volví al presente. El presente nos mató a los dos. Me dije: pobre Andy, pudo ganar la lotería hace tiempo y se emborrachó y de todas formas salió otro número. Lu, digo, le pellizco la panza. Lu, digo, estás muy flaca. Después: estás divina. (“Si querés ganártela tenés que halagarla.”) Pero la única solución era babear el piso. No había vuelta, antes no tenía que trapear ni que rogar ni que decir estupideces. Bastaba con recordar. Y me doy cuenta, empiezo a perder una cantidad de puntos irrecuperables. Entonces decido apoyar mi espalda en la pared. Nuestras rodillas están a distancias imposibles. Su boca fina tiene un escudo de fuerza. Quizá recién entonces empiezo a entender que la noche va a ser un completo fracaso. En ese momento es cuando trato de empezar a olvidarla y cuando el estómago gira en mil revoluciones y siento arcadas y siento el dulce mundo de la mecha volverse amargo. No sé qué va a pasar con mi vida. No hay futuro. Estamos sentados y ya perdí. El presente nos mató, pero fue peor para ella. Luciana Da Silva perdió hace tiempo, por eso está deprimida, porque lo sabe.

Apoyaba el codo derecho en la rodilla y me masajeaba la mejilla izquierda con la palma de la mano. Ella se levantó y se perdió en el mundo de las piernas. Un culo estático más en el mundo estático de Adreamfields.

Después en un momento estuve en el piso, en un momento perdí la conciencia, en un momento besé la cintita azul. Después un loco, uno de los que estaba con el dueño del lugar, me convidó un trago y me dijo: ves ése, dijo, el tipo de ahí, el de la camisa desabrochada. Me señaló a un tipo que se estaba comiendo a la mejor mina del lugar, a un tractor de los que nunca necesitan mover el culo, y por eso lo mueve como nadie. Ves ése, dijo, ése es el fundador, el gran Adriano, y no necesité escuchar más, no tuve que ver más ni pude prestar atención a nada en lo que siguió de la noche. Estaba en un mundo acuoso, los ojos parecían pañales, y volví a caer al agujero negro. Cuánto estuve, no sé; dos horas, dos minutos. 

Después Nicolás detuvo el taxi e iba a pagar el taxi. Subimos al taxi. Pero diez minutos antes estuve en el baño. Tenía unas ganas de mear como de babear el piso. Nicolás Alemán también entró y me dijo: se está yendo tu chica. Esperá, dije, ahora voy, tengo que mear. Y meé. Y salimos y lo vi a Fran bailando con dos amigos (creo que uno era Adriano) y me despedí y Luciana ya no estaba. Te felicito, le dije, te felicito por la banda, te felicito por la fiesta, le dije, muy bueno todo, dije, fue una noche excelente, dije, y miraba para arriba porque Fran mide como dos metros y tiene manos de contrabajista más que de violinista, y dije: fue todo excelente, la del año que viene, señalé y dije, invitame a la del año que viene, y miraba para arriba los dos metros de Fran, Fran el puto que baila con sus amigos, el único inmutable, nos vemos el jueves, dije, y lo observaba: el Fran de siempre hecho de repente, a la luz del alcohol, un completo marica. Y quise besarlo.

Diez minutos después Alemán iba a pagar un taxi y Luciana debía estar arropada soñando con su príncipe azul. O con un lavarropas. Subimos. Todos estábamos muertos menos Nicolás. ¿Ganaste algo?, preguntó Hernán desde otro mundo. Sí, boludo, la única que gané lo único que quería era que le convide faso al novio. Nicolás Alemán. Fracasado. Fracasado con una perfecta entonación en inglés. Con la piedra de Sebastián. Con la blusa roja de su abuela debajo de doscientos sweaters. Con su cuerpo trabajado en lucha grecorromana. El lúser.

Llegamos a Perón y Anchorena. Mi casa. Séptimo piso departamento cuatro. La casa en que vivo desde que tengo dos años, desde que tengo vida. Nicolás está sentado adelante, junto a un tachero que no tiene cara. Levanta la mano y se la estrecho. En la otra tiene mis dos pesos que son agradecimiento. Que se repita, escucho que dice, y ya no escucho nada.

Al final llegamos a casa. Me lavo los dientes. Javier ronca. Me lavo los dientes cien veces en treinta segundos. Hernán está en la cocina, con la luz que sale por debajo de la puerta, comiéndose un poco de arroz y un pedazo de torta congelada y galletitas y lo único que le falta es comerse un gato.

Me acuesto. Él se acuesta. Javier me dice: date vuelta; le dice a mi boca que respira cabizbaja: estás roncando, y dejo de roncar y nunca había roncado y me doy vuelta.

A la una y media del domingo 20 de agosto almuerzo con papá, en Chacarita. Me caliento pollo al horno con papas y batatas. A las dos tengo el violín en el hombro, desafino. Toco casi cinco horas. Pienso que estoy en cero de nuevo, que esa noche nunca existió, que Adreamfields nunca existió, que todo lo que queda en el mundo es el tango. Mi única salvación. Pienso en Nicolás con sus blusas que son halagadas. Pienso en ir a cagar a mi casa y volver a la vida.

Un lunes al mediodía pienso en escribirle un poema a un lavarropas.

Y me digo: Que se repita.

Comentarios (un comentario)

AJJAJ para con la droga jajaj

Jose / Febrero 6th, 2008, 4:51 pm / #

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