El hombre es como el oso
Por Raúl García Luna
Ay, ay, ay. Qué lejos que hemos llegado, caballero. Pensar que hasta no hace tantos siglos usted y quien esto escribe creían a pie juntillas que los Reyes Magos no eran los padres, que a los 18 años nos recibíamos de hombres y que la virginidad era la máxima virtud premarital de la mujer. Esto, por no hablar de los casamientos “de apuro”, como se les decía a algunos en voz baja, ni de nuestro posible debut amatorio con alguna señorita muy aseñorada, quizá guiados por un amigo más avezado o incluso por algún primo mayor o tío joven.
Altri tempi, por suerte.
Hagamos memoria. Imaginémonos lo que sería seguir viviendo hoy en día bajo el mandato de aquellos códigos, ya anacrónicos durante nuestra infancia y nuestra adolescencia.
Primer ejemplo: “Los hombres no lloran”. Qué locura. Qué torpe e inhumana zoncera criolla. Si llorar era “cosa de mujeres”, ¿cómo podía expresar uno su dolor o su emoción? Pues tragándose las lágrimas y levantando bien alto el mentón. A lo hecho, pecho, y aquí no ha pasado nada, querido. “Hay que dar el ejemplo” era el siguiente disparate con el que se justificaba el anterior.
Qué maravilla es poder hoy abrazar a un hijo que llora, tener uno mismo un hombro donde llorar, y hasta llorar sin ningún pudor después de un gol perfecto, un The End de película o un negocio que nos salió mal.
Otros ejemplos olvidables: “En mi casa mando yo” o su recia variante “De la casa se ocupa mi mujer”, el grito “¡Andá a lavar los platos!” dirigido a una dama al volante, la peregrina frase “Soy un hombre de palabra” y la indemostrable tesis de que “Todo tiempo pasado fue mejor”.
Hemos andado un largo camino, muchacho.
Y, por fortuna, otro absurdo mito viril ha caído en desgracia y desuso: aquél que aseguraba que “El hombre es como el oso: cuanto más feo, más hermoso”. Por favor. ¿Quién puede creer hoy que ese refrán tenga vigencia? Sin ofender a los feos, y acaso para darles una esperanza de estética sustentable, los actuales peluqueros y cosmetólogos y sastres y dietólogos y gimnasios y revistas de moda, e incluso las de deportes, se empeñan en divulgar ciertos perfiles masculinos supuestamente acordes con los tiempos que corren. Vale decir: bellos.
Y atrévase el maduro caballero que esto lee a negar que no ha envidiado alguna vez la pinta de un Julio Sosa o un Reutemann, por no incluir al mismísimo Sandro. E intente el fan de mediana edad rechazar el carisma animal de un Rolling Stone o el cálidamente intelectual de un Serrat. Y pretenda el joven posmoderno renunciar a la ilusión de parecerse, aunque sea un poquitito, a ese celebérrimo “metrosexual” futbolístico o a ese marmota televisivo que tanto admira. No podrá. Aceptémoslo: el sino de la época es lucir atractivos a como dé lugar, sin distinciones de sexo, raíces, ocupación, ideología o ingresos. Materia en la que, obviamente, las mujeres no sacan varios cuerpos de ventaja. Lejos están ellas del adocenado dislate sobre que “La suerte de la fea, la linda la desea”. Es que hoy, salvo excepciones e imponderables de natural rigor, casi todas pueden contar con las mismas posibilidades y los mismos atributos. Léase: verse hermosas.
Como si el hombre pudiera imponerse sólo por el hecho de ser hombre. Y, sin embargo, la sempiterna “buena presencia” sigue siendo un requisito indispensable para conseguir no pocos puestos de trabajo, cuando hay trabajo, claro. ¿En qué quedamos, pues? Es un hecho que cierto peregrino sector del actual mercado laboral busca empleados de aspecto impecable, incluso más allá de sus dones mentales, y acaso por eso mismo. Así es este fatuo mundo, y en él hay que lucir siempre diez puntos, man. Lo sabemos por igual hombres y mujeres, desde el primer gerente hasta el último cadete.
Y, nos pese o no, todos jugamos ese pavo juego. En fin.
Pero, eso sí, que nunca nadie ose decirnos que somos “coquetos”, ¿eh? Ah, no, no, no. Cualquier cosa, menos coquetos. Ni como halago, ni como piropo, ni como confirmación oral de lo evidente. Ni en chiste. Coqueto no le suena del todo bien a ningún criollazo de pelo en pecho. Es una palabrita sospechosa, por así decirlo.
Contiene aires de frivolidad o reblandecimiento o algo peor, por no ir más lejos. A un varón bien aspectado se le debe decir: “Oiga, qué elegante que está usted, don Fulano” o “Eh, qué pintón andamos hoy, pibe Mengano”. Jamás coqueto.
¿O exagero, compañero?



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